En el fondo de estos sentimientos tristísimos que D. Lope no sacó del corazón a los labios, palpitaba una satisfacción de amor propio, un egoísmo elemental y humano de que él mismo no se daba cuenta. «¡Sujeta para siempre! ¡Ya no más desviaciones de mí!» Repitiendo esta idea, parecía querer aplazar el contento que de ella se derivaba, pues no era la ocasión muy propicia para alegrarse de cosa alguna.
Halló después a la joven bastante alicaída, y empleó para reanimarla, ya los razonamientos piadosos, ya consideraciones ingeniosísimas acerca de la inutilidad de nuestras extremidades inferiores. A duras penas tomó Tristana algún alimento; el buen Garrido no pudo pasar nada. A las dos entraron Miquis, Ruiz Alonso y un alumno de Medicina, que hacía de ayudante, pasando a la sala silenciosos y graves. Uno de los tres llevaba, cuidadosamente envuelto en un paño, el estuche que contenía las herramientas del oficio. Poco después entró un mozo que llevaba los frascos llenos de líquidos antisépticos. Recibioles D. Lope como si recibiera al verdugo cuando va a pedir perdón al condenado a muerte, y a prepararle para el suplicio.
—Señores —dijo—, esto es muy triste, muy triste...
Y no pudo pronunciar una palabra más. Miquis fue al cuarto de la enferma, y se anunció con donaire:
—Guapa moza, todavía no hemos venido..., quiero decir... he venido yo solo. A ver, ¿qué tal? ese pulso...
Tristana se puso lívida, clavando en el médico una mirada medrosa, infantil, suplicante. Para tranquilizarla, asegurole Miquis que confiaba en curarla completa y radicalmente, que su excitación era precursora de la mejoría franca y segura, y que para calmarla le iba a dar un poquitín de éter...
—Nada, hija, basta echar unas gotitas de líquido en un pañuelo, y olerlo, para conseguir que los pícaros nervios entren en caja.
Mas no era fácil engañarla. La pobre señorita comprendió las intenciones de Augusto, y le dijo, esforzándose en sonreír:
—Es que quiere usted dormirme... Bueno. Me alegro de conocer ese sueño profundo, con el cual no puede ningún dolor, por muy perro que sea. ¡Qué gusto! ¿Y si no despierto, si me quedo allá...?
—¡Qué ha de quedarse...! Buenos tontos seríamos... —dijo Augusto, a punto que entraba D. Lope consternado, medio muerto.