XXIX
No tuvo la vejez de D. Lope toda la tristeza y soledad que él se merecía, como término de una vida disipada y viciosa, porque sus parientes le salvaron de la espantosa miseria que le amenazaba. Sin el auxilio de sus primas, las señoras de Garrido Godoy, que en Jaén residían, y sin el generoso desprendimiento de su sobrino carnal el arcediano de Baeza, D. Primitivo de Acuña, el galán en decadencia hubiera tenido que pedir limosna o entregar sus nobles huesos a San Bernardino. Pero aunque las tales señoras, solteronas, histéricas y anticuadas, muy metidas en la iglesia y de timoratas costumbres, veían en su egregio pariente un monstruo, más bien un diablo que andaba suelto por el mundo, la fuerza de la sangre pudo más que la mala opinión que de él tenían, y de un modo discreto le ampararon en su pobreza. En cuanto al buen arcediano, en un viaje que hizo a Madrid trató de obtener de su tío ciertas concesiones del orden moral: conferenciaron; oyole D. Lope con indignación, partió el clérigo muy descorazonado, y no se habló más del asunto. Pasado algún tiempo, cuando se cumplieron cinco años de la enfermedad de Tristana, el clérigo volvió a la carga en esta forma, ayudado de argumentos en cuya fuerza persuasiva confiaba.
—Tío, se ha pasado usted la vida ofendiendo a Dios, y lo más infame, lo más ignominioso es ese amancebamiento criminal...
—Pero hijo, si ya... no...
—No importa; se irán ella y usted al infierno, y de nada les valdrán sus buenas intenciones de hoy.
Total, que el buen arcediano quería casarles. ¡Inverosimilitud, sarcasmo horrible de la vida, tratándose de un hombre de ideas radicales y disolventes, como D. Lope!
—Aunque estoy lelo —dijo este empinándose con trabajo sobre las puntas de los pies—, aunque estoy hecho un mocoso y un bebé... no tanto, Primitivo, no me hagas tan imbécil.
Expuso el buen sacerdote sus planes sencillamente. No pedía, sino que secuestraba. Véase cómo.
—Las tías —dijo—, que son muy cristianas y temerosas de Dios, le ofrecen a usted, si entra por el aro y acata los mandamientos de la ley divina..., ofrecen, repito, cederle en escritura pública las dos dehesas de Arjonilla, con lo cual no solo podrá vivir holgadamente los días que el Señor le conceda, sino también dejar a su viuda...
—¡A mi viuda!