—Sí, señores, todo está averiguado—añadió el desaliñado orador, que era Tablas en persona—. Y si faltase testimonio, aquí estoy yo para darlo.
Dos mujeres se le colgaron de cada brazo. En torno suyo hízose un corrillo. Formábalo esa curiosidad de lo horrible que reúne gente en derredor de los patíbulos, del charco de sangre, señal de un crimen, o junto a la oscura agonía de un perro. Tablas se enorgulleció de su papel. Aquel día era un día suyo, un día en que iba a mostrar su poder con pretensiones de poder político, ¡oh! ¡qué gran momento! Dos docenas de perdidos le obedecían, como obedece la piedra a la honda. Tablas era la honda; pero distaba mucho de ser la mano.
—Pues, sí señores—añadió López—. ¡Yo mismo les he llevado ayer un saco con media fanega de veneno!
—¡Media fanega de veneno!
—¿Y tú se lo has llevado?
—Sí, porque no sabía lo que era. No es la primera vez que esos malvados reciben remesas de veneno. El saco que les llevé ayer vino de Cataluña para ese... No le quiero nombrar.
—Di tú, parlanchín—gritó una voz detrás del corrillo—. ¿Se ha muerto también la Pimentosa?
—Para eso va. Esta mañana despertó con el mal.
—¿Ha bebido agua?
—Ha tomado los mismos polvos como medicina.