—Sube y tráeme mi navaja grande que está sobre la cómoda.

—Madre Nazaria me ha mandado por agua. Tiene sed.

—Ve primero por la navaja.

Romualda subió, mientras Tablas y sus amigos conferenciaban gravemente en la puerta. Era un consejo de guerra de caníbales en la expectativa de una gran batalla-merienda. Cuando Romualda bajó con la navaja, López dijo a los amigos:

—El Gobierno mandará tropas a defenderles. Bueno es estar prevenido. Mira, Rumalda...

Romualda había pasado ya a la otra acera, y desde allí les miraba con espanto. Su cara de hambre y miseria, su aspecto de cansancio no excitaban la compasión de aquellos caballeros andantes de la plebe.

—Rumalda.

—Señor.

—Sube y tráeme las dos pistolas que están colgadas junto a la cama... Después llevarás el agua a Nazaria.

—Madre Nazaria no me ha mandado por agua. Ya no tiene sed. Me ha mandado por un cura. Dice que se muere.