—Estas sandeces—dijo Salvador creciéndose más—son para demostrarte que Dios, a quien tú, llevado de una piedad absurda, crees cómplice de tus violencias y de tus sañudas venganzas, es quien te ha burlado y me ha protegido. ¡Qué bien y con cuanta oportunidad ha deshecho tus combinaciones implacables, permitiendo que llegara un día como este, en el cual voy a desarmarte para siempre!

Navarro seguía mirándole con estupidez.

—Por muy malo que te suponga—añadió Salvador—no te creo capaz de conservar tus rencores después de saber que tú y yo somos hijos de un mismo padre.

El guerrillero saltó en su asiento, como quien oye un insulto. Su cara se congestionó a borbotones echó de su boca estas palabras:

—¡Es mentira, es mentira!

—¿Mentira, eh? ¿Conque es mentira? Tengo de ello un testimonio para mí sagrado, escrito por la mano de la persona más querida para mí en el mundo, y ratificado en su lecho de muerte. Tú puedes creerlo o no, según se te antoje: a tu conciencia lo dejo. Cumplo con mi deber diciéndotelo. La mitad de este secreto te corresponde a ti, mal que te pese. Yo no puedo quedarme con él todo entero.

Inquieto en su asiento, Navarro vaciló entre la ira y la curiosidad.

—Esas cosas—dijo—no se pueden creer sin algo que lo pruebe... ¿A ver, qué es eso? ¿Qué significa ese paquete atado con cintas encarnadas?

Salvador había sacado un paquete y escogía en él los papeles que quería mostrar a Carlos.

—Esta es la carta que mi madre me escribió poco antes de morir—dijo poniéndola en manos de Navarro—. Es la confesión de una falta redimida por una existencia de penas y oscuridad; es una declaración santa, que respira honradez, paciencia y bondad. Se necesita ser un monstruo para no inclinarse con respeto ante esa vida de abnegación y deberes trascurrida a la sombra de una vergüenza jamás reparada...