—Antes me salvaré yo con la ayuda de Dios—dijo Salvador con desprecio—. No he venido a solicitar la indulgencia, que no necesito.

—Pues yo te la doy, ¡cien rábanos!—exclamó el guerrillero sulfurándose—. Mira, dame agua otra vez; tengo mucha sed; tu secreto me sabe a hiel y vinagre.

Bebió, y después, cavilando un poco, dijo como si masticara las palabras:

—Además, antes de hablar de reconciliación es preciso determinar bien quien es el ofendido y quien el ofensor. Te quejas de que te he perseguido y hablas de mis crueldades. Pues yo digo que tú eres el monstruo, tú el criminal, tú el indigno de perdón.

—Acuérdate de aquellos días del año 13, cuando se dio la batalla de Vitoria—dijo Salvador con violencia—. ¡Oh! fuiste tú quien me provocó.

—¡Fuiste tú!

—¡Tú!

—Repito que tú.

La disputa se agriaba. Salvador quiso calmarla con un ademán de conciliación. Navarro respiraba como quien se va a ahogar.

—Mira—dijo con desabrimiento—lo mejor es que te vayas.