—Brutísimo, salvaje... ¿no tiene usted ojos en la cara?—gritó la voz—. ¿Qué modos son esos?
—Señora—dijo Salvador quitándose el sombrero, mas sin ver gota—, dispénseme usted. Ojos tengo, pero de nada me sirven, pues no hay luz en el pasillo. Buscaba la puerta...
—¿Y soy yo acaso la puerta, señor majadero?... ¡Qué consideraciones gastan con las señoras los hombres de esta casa!...
Hablando así la dama abrió la puerta y con la claridad indecisa que de la escalera venía pudo Salvador verla y advertir que parecía dispuesta a salir también. Llevaba mantilla negra y una dulleta en cuyo adorno habían entrado pieles de diversos animales domésticos, hábilmente combinadas con galones que siglos antes lucieron en la túnica de algún santo o en el valiente pecho de algún oficial de guardias walonas. Salvador, que había visto algunas veces a la dama, la conoció. Acostumbraba a mirar con respeto aquella decadencia más lastimosa que risible.
—Vuelvo a pedir a usted mil perdones—le dijo—, por mi torpeza... Veo que también sale usted, señora, y si me lo permite tendrá mucho gusto en acompañarla.
—Gracias, muchas gracias—replicó la momia dando en dirección a la escalera algunos pasos en los cuales se advertía marcado prurito de agilidad—. Yo también necesito excusarme por haber dicho a usted algunas palabras inconvenientes, confundiéndole con ese hombre basto, ese Zugarramurdi, que es un mueble con andadura.
Salvador le ofreció el brazo que ella no tuvo inconveniente en aceptar. Bajando la momia, arrojó de sí esta pregunta, metida dentro de un suspiro:
—¿Es usted amigo del Sr. D. Carlos?
—Sí, señora.