—No... ¡Con cien mil palitroques! tampoco nos hace falta ahora la lista de isabelinos. Envaine usted sus listas, hombre. Lo que yo quiero es traer a nuestras filas a este buen amigo, para darle una comisión que desempeñará bonitamente.
Salvador hizo con la cabeza repetidos signos negativos.
—Eso lo veremos—dijo el guipuzcoano—. Peñas más duras he quebrantado yo. ¿Tienes ocupaciones?
—Las de mis intereses, que no son muchas.
—Es verdad que casi eres rico; ¡mal negocio! ¿Te has casado?
—No.
—¿No ambicionas una posición elevada?
—No ambiciono nada más alto que este banco, y lo que llaman aura popular me incomoda más que la tristeza de estar solo.
—A pesar de todo—dijo Aviraneta—, creo que te conquistaré.
Y calló después. De buena gana se habría desprendido en aquel momento de los servicios de su secretario Rufete, cargado de listas, para estar solo con Monsalud y hablarle franca y descubiertamente, pues bien se conocía que el astuto conspirador había manifestado su idea de un modo harto enigmático. Pero Rufete no se movía, y a la dudosa claridad que en el cuarto entraba se entretenía en revisar sus listas de traidores y sus listas de isabelinos.