El fenómeno no dijo nada, y siguió subiendo. Parecía subir con un solo pie. Al llegar arriba detúvose para tomar aliento. Sin duda no respiraba más que con un pulmón.

—¿Se ha cansado usted, caballero?

—No tal... piso tercero. La escalera no es larga, y se subiría bien si no fuese tan oscura... Tú sí estás cansada. ¿Cuántas veces al día subes?

El fenómeno se quedó pensando. Por último, dijo:

—Unas sesenta veces.

—Es buena renta, hija. Tres mil escalones diarios.

—Con poco más al cielo.

Romualda no dijo más, y entrando en la casa despertó a Pedro López, que dormía como un canto. Desde la sala en que esperaba entretenido en contemplar las estampas de santos y toreros que cubrían las paredes, oyó Salvador los gruñidos del atleta al ser arrancado de su dulce sueño por la mano áspera y aceitosa del fenómeno. Oyó después imprecaciones y desperezos, y luego una ronquísima voz que decía:

—Baja a la tienda y tráeme los cigarros que dejé en el cajón grande del mostrador.