—Pues es claro. Quiero que os veáis, que os habléis. Luego vosotros os entenderéis, y mi papel quedará reducido a preparar algunas cosillas que para la boda sean necesarias...
Dio un suspiro, y estrechando luego entre sus manos las de Sola, que estaban frías, sin duda porque todo el calor se recogió en su corazón alborozado, dijo Cordero estas palabras:
—Te voy a dirigir un ruego. ¿Lo atenderás?
—¡Qué pregunta!—exclamó Sola, echándose a llorar antes de conocer el ruego.
—Pues quiero suplicarte, que después de casada, ya que mis hijos no puedan ser tus hijos, como proyectábamos, les mires como tus hermanos.
Sola le contestó con el río de sus lágrimas, que no permitían palabras. Ni eran necesarias las palabras.
—Si me ves llorar—dijo D. Benigno, secándose una lágrima con gesto heroico—, no creas que estoy afligido ni desconsolado. En mi pecho no caben ni envidias de mozalbete ni el duelo de deseos frustrados. Tranquilo estoy y contento, contentísimo. Si lloro es por la atracción de tus lágrimas que hacen correr las mías, sin saber por qué. Tuve un poquillo de pena, sí; pero me consuela el saber que si mis hijos han perdido su segunda madre, buena hermana se llevan, ¿no es verdad?
Principiaba a caer la tarde y se sentía el fresco del Tajo. D. Benigno propuso que se retiraran a casa, y dejando la peña dura, tomaron el camino áspero y tortuoso.
—Ya van creciendo las noches—dijo Sola, dando el brazo a su padre.
—Sí, hija mía—replicó este—, y el mañana tarda un poco más; pero viene, no tengas cuidado.