—Ya entiendo... las mulas...
—Si no hay mulas, tonta... Ya te lo explicará D. Salvador, que ha montado en esos vehículos. Esa diablura la han puesto los ingleses entre un pueblo que llaman Liverpool y otro que nombran Manchester. Dice D. Salvador que aquello es volar.
—¡Volar! ¡Soberbia cosa!...—exclamó Sola con entusiasmo—. Decir «quiero ir a tal parte ahora mismo» y...
—Y salirse uno con la suya. Pues, te dirá: no hay caballos. Todo aquel rosario de coches está movido por un endemoniado artificio o mecanismo, que tiene dentro fuego y vapor, y sopla que sopla, va andando. Yo no sé cómo es ello. Me lo ha explicado D. Salvador; pero no lo he podido entender.
—¿Y esa manera de ir acá y allá no se pondrá en otras partes?
—Sí, dice nuestro amigo que se va extendiendo; que en Inglaterra están haciendo más de esos benditos caminos de hierro, y que en Francia, van a empezar a ponerlos también.
—¿Y en España?, ¿no los pondrán?
Cordero dio un suspiro.
—Ahora va a empezar una guerra, si Dios no lo remedia—dijo con tristeza.
—Cuando concluya...