—Pues, ya... el bribón que le capturó y el jefe militar de Estella son una misma endemoniada persona, jí, jí, y esta persona es el perdido de los perdidos, el gran maestre de los canallas, Seudoquis, más masón que Caifás y más liberal que Caín... ¿Le conoce usted?
—Mucho—replicó Salvador acabando de leer en la estera—. Tanta amistad tenemos, que seguramente lo que Seudoquis no haga por mí no lo hará por nadie.
—¡Qué lástima, Santo Cristo de la Vega! ¡qué lástima, Santísima Señora del Sagrario, que no está Navarra en Móstoles o que las leguas no se trocaran en varas!... porque en este caso la distancia nos mata. Ni valen para este delicado asunto las cartas de recomendación...
—Es verdad que nada de eso vale.
—¡La distancia, la distancia!... Si pudiéramos traer aquí a Navarra...
—Llevaremos allá a Madrid.
—¿Cómo?
—Sr. D. Felicísimo—dijo Salvador levantándose—, me marcho a Navarra.
—¡Usted!... ¿cuándo?
—Lo más pronto que pueda. Depende de los medios que encuentre. Si esta tarde hallo un coche, esta tarde me voy.