Estaban sentados los dos el uno frente al otro, junto a la mesa central de la celda, y la luz de la lámpara iluminaba de lleno ambos rostros.

—Nadie que esto viera —añadió la monja contemplando a su huésped con curiosa fijeza— podría interpretarlo como lo que es realmente, como un acto caritativo... ¡Cuántos juicios equivocados se forman en el mundo! ¡Cuántas personas inocentes son víctimas de la maledicencia!...

—Pero hay un Juez que todo lo sabe, y que nunca se equivoca en sus sentencias. A eso hay que apelar, despreciando los vanos juicios de los hombres, inspirados siempre en el odio o la envidia... Pero no quiero mortificar por más tiempo a mi bienhechora, permaneciendo aquí.

Se levantó.

—Estaba pensando —dijo la madre— que pudiendo trepar por una ventanilla que está sobre la puerta de la sacristía, podría usted ocultarse fácilmente en el camarín. Hay allí mil objetos... Pero no: el sacristán ha dado ahora en la manía de arreglar aquello, y todo el día está revolviendo trastos... ¿Dónde, Jesús Sacramentado, dónde?... Déjeme usted pensar.

Apoyó la frente en la palma de la mano. El caballero se sentó de nuevo, esperando las decisiones de su ángel bienhechor. Después de largo rato, el caballero no oyó más que un suspiro.

—¿No halla usted mi salvación, reverenda madre? —dijo al fin Servet.

—¡Qué! —exclamó bruscamente ella como si fuera arrancada de una meditación profunda.

—Lo mejor será que no se mortifique usted más por este desgraciado. Si Dios ha decidido ampararme esta noche, nadie lo podrá impedir.

El caballero volvió a levantarse.