Pero la mayor parte de sus pensamientos la absorbían los chistosos o trágicos lances de su correría por Cataluña, y principalmente la milagrosa sustitución que le había salvado de la muerte. Quiso penetrar aquel misterio, y no pudo. El mismo Guimaraens no lo sabía más que a medias. Tilín declarándose culpable, y muriendo con heroica paciencia, sereno, grave, con más aire de convicción que de sufrimiento; Guimaraens sacándole de la prisión, después de hacerle cambiar de vestido, y, por último, la hermosa monja que en dos momentos críticos le había salvado la vida, confundían su mente, llevándole a forjar mil explicaciones quiméricas y a revestir de formas exageradamente dramáticas los hechos más sencillos.
Iba al extranjero, y en su triple calidad de historiógrafo, de poeta y de profeta, aportaría, sin duda, alguna idea, alguna forma nueva a las regiones donde ya se estaba elaborando el romanticismo.
FIN DE «UN VOLUNTARIO REALISTA»
Madrid, febrero-marzo de 1878.