No era ambicioso de riquezas; inquietábale un afán insaciable, que según unos era el afán de hacer daño. Despreciaba las penalidades, sabía cómo se conciliaba el sueño en los calabozos, lugares de comodidad y regalo para quien había aprendido a dormir a caballo o en la rama de un árbol. Tenía la audacia y la presteza del cernícalo, así como su crueldad. Su cara era seca, áspera y arrugada como un pedazo de leña vieja.

Cuando se ofrece a la contemplación de nuestros lectores, vestía uniforme de voluntario realista sin cruces ni insignias, no llevando el ingente chacó con que se decoraban los individuos de aquel cuerpo, sino la barretina catalana doblada hacia adelante, como la usaban la mayor parte de las tropas. A estas las trataba caprichosamente, siendo unas veces severo con las faltas, y otras muy tolerante, según estaba de humor. La buena estrella de Tilín quiso que este fuese bueno aquel día. Después de observarle de pies a cabeza, le dijo el general con cierta sorna:

—¡Ah! ¿Eres tú el que se ha criado en las faldas de las monjas?... Bien, bien. Ya sé que eres valiente. A mí me gustan los hombres valientes sobre todo. A mí también me criaron monjas. Mi madre era criada de las madres del Monte Olivete en Tortosa... pero esto no hace al caso.

—Lo que pido a vuecencia —dijo Tilín con entereza— es que me conceda el puesto de mayor peligro en la toma de Manresa. De este modo lavaré mi falta.

—¿Qué falta? —preguntó Jep con asombro.

—La de no haber obedecido a Pixola. Yo quería tomar parte en la guerra y no estar mano sobre mano en Solsona.

—¡Ah!... Ya sé que Pixola es un bruto. ¿Quién hace caso de Pixola? Has hecho perfectamente en venir aquí... ¿Y qué grado tienes?... ¿Nada menos que comandante?... Cuando esto se acabe rectificaremos todos los grados, y el rey, cualquiera que sea, dará los premios que cada cual merezca... Mira, chico: ya que estás aquí, puedes prestarme un servicio. Estos brutos no sirven para nada. Todavía están mis botas sin limpiar... Hace dos horas que están arreglando los arneses de los caballos... Mira, Tilín: límpiame esas botas, que están llenas de barro.

El comandante general, calzado con alpargatas y sentado junto a una mesa sobre la cual garrapateaba un oficio, señaló sus botas, arrojadas en un rincón de la sala junto a un montón de ropa sucia. Viéndolas, parecía que se veían los pies de un borracho. De un morral sacó Jep un cepillo y lo tiró al otro extremo de la sala.

—Ya tienes lo necesario —dijo tomando la pluma con no poca dificultad—. ¿Conque tú quieres un puesto de peligro? Lo mismo fui yo en mi mocedad. ¡Un puesto de peligro! Eso es: o ser soldado o no serlo. Lo demás se deja para las damas. El inconveniente, chiquillo, es que ahora no habrá puestos de peligro. Como nosotros guerreamos por órdenes que vienen de muy alto; como a nosotros nos apoya parte de la corte, si no toda ella, y hay un manejo secreto que hace inútiles las bayonetas, la guarnición de Manresa se rendirá. Allá dentro hay unos nenes de sotana que harán más que todos los generales... Sin embargo, puede que tengas dónde lucirte. Has subido mucho, monago; veo que aquí cada uno se da a sí mismo los grados que le acomodan.

Echose mano al bolsillo, y sacando los trebejos de fumar, dijo: