—Ha estado usted en vela toda la noche —afirmó la vieja moviendo su apergaminada cabeza como un martillo—. Me pareció que vi luz.
—Entonces, también usted ha estado en vela —dijo Teodora.
—También... Pero yo estuve rezando —replicó con malicia la madre Monserrat.
Trazó una grandísima cruz desde su frente a su cintura y de hombro a hombro, y volviendo la vista al altar tomó parte en el rezo general.
Sor Teodora no tenía criada, no ciertamente por alarde de pobreza, sino porque en su sentir, las criadas dentro de los conventos no compensan con sus servicios las molestias que ocasionan, ni los enredos que se traen chismorreando de celda en celda y produciendo enemistades y sinsabores. Ella misma, pues, se hizo su chocolate, y se preparó su comida privada; porque en San Salomó, como en muchos conventos modernos, aunque había refectorio y yantar común, cada celda tenía sus festinillos a que asistían dos, tres, cuatro monjas, o más generalmente una sola. Sor Teodora disponía de una pequeña cocina en la tercera de las piezas que componían la Isla, y allí, ayudada de una fámula de las que servían indistintamente a todas las monjas, se aderezaba alguna vez platos de su gusto. Aquel día, quizás con motivo del largo insomnio, sintió la buena madre inusitado apetito y antojos de comer golosinas. Felizmente no carecía de elementos. Además de los riquísimos fiambres que se aderezaban en la gran cocina del monasterio, la hermosa dama recibía de su familia jamones y carnes mechadas que habrían tentado a un cenobita. En la alacena de talla que ocupaba lugar muy principal en su celda, había manjares diversos, que con un poco de lumbre serían de exquisito gusto.
Bastante tiempo empleó la señora en disponer algunas chucherías para su propio regalo; pero cuando llegó la hora de comer apenas probó un poco de cada cosa. Su apetito, que la incitó a trabajar con tanto celo en la cocina, había desaparecido. Guardó todo para dedicarse a su labor de aguja. Mientras trabajaba sintió deseos vivísimos de pasearse por la huerta, y bajó; pero el aburrimiento obligola a subir de nuevo, y después de pasearse en su celda discurriendo lo que podría hacer para matar el tiempo, consideró que lo mejor sería escribir a su familia. Casualmente no había contestado a la última carta de su hermano.
Después de escribir por espacio de un cuarto de hora, tomó de nuevo el trabajo para bordar un ala de mariposa. Dedicose luego a deshacer un ramo de flores naturales que en un búcaro tenía y a formarlo de nuevo, operación en que tardó media hora. Corría lentamente la tarde, pesada, calurosa y larga, y sor Teodora pensó que era conveniente para su alma rezar un poco. Bajó al coro, estuvo rezando largo rato, subió después a la cocina, descendió a la huerta cuando ya había aflojado el calor, y se paseó bajo el emparrado mirando alternativamente al suelo y al cielo.
Para que el lector comprenda bien a sor Teodora de Aransis, le diremos que aquel desasosiego, aquel constante mudar de ocupación, aquella caprichosa inconstancia en los empleos que había de dar a su fantasía y a sus manos, eran fenómenos que se repetían invariablemente todos los días desde algún tiempo.
No nos es difícil inquirir la causa de este desasosiego, ni nos importa nada decirla, porque no es depresiva para la noble señora. Ya hemos dicho a su tiempo que Teodora de Aransis consideró como un pecado digno de los más acerbos castigos poner toda su atención, sus pensamientos y sus afectos todos en las cosas de la guerra y de la intriga apostólica. Así, desde que consideró pecaminoso aquel desvarío bélico y político, la buena madre hubo de intentar arrojarlo de sí y limpiar su espíritu de tan infame maleza. En efecto: no volvió a informarse de ninguna particularidad relativa a la guerra, ni leyó las cartas de doña Josefina Comerford; y siempre que venían a su pensamiento ideas de batallas ganadas o por ganar, de reyes caídos, de príncipes elevados o de trapisondas por la fe, echaba prontamente sobre ello otras ideas e imaginaciones, como se echa tierra sobre el cadáver recién enterrado en el hoyo. En efecto: de este sistema fue, como es fácil suponer, un estado de atolondramiento y vaguedad constante en el espíritu de la ilustre religiosa, el cual, al hallarse apartado de su ocupación predilecta, pugnaba por tornar a ella, rechazando todas las distracciones que se le ofrecían. En suma, sor Teodora de Aransis se aburría lindamente en San Salomó, aunque ella misma no lo conocía y daba otro nombre a aquel su estado de constante zozobra diciendo: «¡Ay, Dios mío, qué maniática me he vuelto!».
Ya sabemos de ella que su religiosidad no era extraordinaria. La más preciada joya de su corona de monja era su conformidad con aquella vida y con la irremediable reclusión en que estaba sin saber fijamente por qué. Y no es fuera de propósito decir algo acerca de las causas del monjío de sor Teodora de Aransis. Sus padres, ricos y nobles, murieron tempranamente, dejándola en la orfandad con otras dos hermanas de menos edad que ella, y un hermano mayor. Por indolencias de su madre, criáronla unos tíos, que la fiaron a las ursulinas de Lérida para su educación, la cual fue desempeñada tan cumplidamente en el orden religioso, que a los dieciocho años de su edad, Teodora, catequizada por las madres y por un capellán anciano que era un águila para el confesonario, no pensó más que en ser monja. Ninguna persona de su familia trató de contrariar esta vocación juvenil, que por lo precoz debió haber sido sujeta a observación; antes bien, los nobles tíos de Teodora y su madre, que en Francia residía, encendieron más y más en su alma el celo religioso, y avivaron la llama de su devoción, convenciéndola de que era una felicidad para ella abandonar el mundo y sus picardías. ¡Y qué bien le alabaron de palabra y por cartas su afición, y qué mal le pintaron las vanidades del mundo y la dificultad de salvarse fuera de los claustros!... La pobre niña, cuya acalorada imaginación necesitaba poco para tomar vuelo, abrazó la vida mística con deleite y entusiasmo, mientras allá en el perverso mundo sus hermanas menores se casaban con sus primos, y su hermano mayor derrochaba la fortuna paterna y metía ruido y escandalizaba y se hacía jacobino.