—¿Y teme usted al conde de España? ¿Pues no es usted espía de Calomarde?
—¡Espía yo!
—Entonces no hay duda de que es usted sectario y jacobino. Tenía razón Pixola.
—Tampoco soy jacobino.
—A mí no me importa que sea usted el mismo Lucifer, capitán del infierno —dijo Tilín—. Nada me asusta. No tengo ya afición a ninguna causa política; todas me son indiferentes, mejor dicho, todas me interesan con tal que destruyan.
—¡Destruir!
—Sí, destruir. Dígame usted, ¿no está la corte minada por los masones? ¿Es cierto, como aquí nos han dicho, que si los masones triunfan, destruirán todo, y no dejarán en pie nada de lo que hoy existe?
—Los masones no triunfarán.
—¿Qué bando hará tabla rasa de todo?
—El de ustedes si triunfara; pero tampoco triunfará.