—En el primer sitio talé la heredad que tengo al lado allá de la Huerva; pero este segundo asedio que se nos prepara dicen que será más terrible que aquél, á juzgar por el gran aparato de tropas que traen los franceses.

Contámosle la capitulación de Madrid, lo cual pareció causarle mucha pesadumbre; y como elogiáramos con exclamaciones hiperbólicas las ocurrencias de Zaragoza desde el 15 de Junio al 14 de Agosto, encogióse de hombros y contestó:

—Se ha hecho todo lo que se ha podido.

Acto continuo D. Roque pasó á hacer elogios de mi personalidad, militar y civilmente considerada; y de tal modo se le fué la mano en este capítulo, que me hizo sonrojar, mayormente considerando que algunas de sus afirmaciones eran estupendas mentiras. Díjole primero que yo pertenecía á una de las más alcurniadas familias de la baja Andalucía en tierra de Doñana, y que había asistido al glorioso combate de Trafalgar en clase de guardia marina. Le dijo también que la Junta me había concedido un destino en el Perú, y que durante el sitio de Madrid había hecho prodigios de valor en la Puerta de los Pozos, siendo tanto mi ardimiento, que los franceses, después de la rendición, creyeron conveniente deshacerse de tan terrible enemigo, enviándome con otros patriotas á Francia. Añadió que mis ingeniosas invenciones habían proporcionado la fuga á los cuatro compañeros refugiados en Zaragoza, y puso fin á su panegírico asegurando que por mis cualidades personales era yo acreedor á las mayores distinciones,

Montoria en tanto me examinaba de pies á cabeza, y si llamaba su atención mi mal traer y las feas roturas de mi vestido, también debió advertir que éste era de los que usan las personas de calidad, revelando su finura, buen corte y aristocrático origen en medio de la multiplicidad abrumadora de sus desperfectos. Luego que me examinó me dijo:

—¡Porra! No le podré afiliar á usted en la tercera escuadra de la compañía de escopeteros de D. Santiago Sas, de cuya compañía soy capitán; pero entrará en el cuerpo en que está mi hijo; y si no quiere usted, largo de Zaragoza, que aquí no admitimos gente haragana. Y á usted, D. Roque, amigo mío, puesto que no está para coger el fusil, ¡porra! le haremos practicante en los hospitales del ejército.

Luego que esto oyó D. Roque, expuso por medio de circunlocuciones retóricas y de graciosas elipsis la gran necesidad en que nos encontrábamos, y lo bien que recibiríamos sendas magras y un par de panes cada uno. Entonces vimos que frunció el ceño el gran Montoria, mirándonos de un modo severo, lo cual nos hizo temblar, y pareciónos que íbamos á ser despedidos por la osadía de pedir de comer. Balbucimos tímidas excusas, y entonces nuestro protector, con rostro encendido, nos habló así:

—¿Con que tienen hambre? ¡Porra, váyanse al demonio con cien mil pares de porras! ¿Y por qué no lo habían dicho? ¿Con que yo soy hombre capaz de consentir que los amigos tengan hambre, porra? Sepan que no me faltan diez docenas de jamones colgados en el techo de la despensa, ni veinte cubas de lo añejo, sí, señor; y tener hambre y no decírmelo en mi cara sin retruécanos, es ofender á un hombre como yo. Ea, muchachos, entrad adentro y mandar que frían obra de cuatro libras de lomo, y que estrellen dos docenas de huevos, y que maten seis gallinas, y saquen de la cueva siete jarros de vino, que yo también quiero almorzar. Vengan todos los vecinos, los trabajadores y mis hijos, si están por ahí. Y ustedes, señores, prepárense á hacer penitencia conmigo. ¡Nada de melindres, porra! Comerán de lo que hay, sin dengues ni boberías. Aquí no se usan cumplidos. Usted, Sr. D. Roque, y usted, Sr. de Araceli, están en su casa hoy y mañana y siempre, ¡porra! José de Montoria es muy amigo de los amigos. Todo lo que tiene es de los amigos.

La ruda generosidad de aquel insigne varón nos tenía anonadados. Como recibiera muy mal los cumplimientos, resolvimos dejar á un lado el formulario artificioso de la Corte, y viérais allí cómo la llaneza más primitiva reinó durante el almuerzo.