—Además—dijo un paisano armado y que se acercó al grupo,—teníamos la casa inmediata, y los franceses, posesionados sólo de parte de San Diego y de Santa Rosa, no podían acercarse allí con facilidad.

—Por eso se cree—indicó un clérigo armado que se nos agregó,—que han encontrado un paso secreto entre Santa Rosa y la casa de los Duendes. Apoderados de los sótanos de ésta, con una pequeña galería, pudieron llegar hasta los subterráneos de la sala del Capítulo.

—Ya se sabe todo—dijo un capitán del ejército.—La casa de los Duendes tiene un gran sótano que nos era desconocido. Desde este sótano partía, sin duda, una comunicación con Santa Rosa, á cuyo Convento perteneció antiguamente dicho edificio, y servía de granero y almacén.

—Pues si eso es cierto; si esa comunicación existe—añadió Luengo,—ya comprendo quién se la ha descubierto á los franceses. Ya saben ustedes que cuando los enemigos fueron rechazados en la huerta de San Diego, se hicieron algunos prisioneros. Entre ellos está el tío Candiola, que varias veces ha visitado estos días el campo francés, y desde anoche se pasó al enemigo.

—Así tiene que ser—afirmó Montoria,—porque la casa de los Duendes pertenece á Candiola. Harto sabía el condenado judío los pasos y escondrijos de aquel edificio. Señores, vamos á ver al Capitán General. ¿Se cree que aún podrá defenderse el Coso?

—¿Pues no se ha de defender?—dijo el militar.—Lo que ha pasado es una friolera: algunos muertos más. Aún se intentará reconquistar la iglesia de San Francisco.

Todos mirábamos á aquel hombre que tan serenamente hablaba de lo imposible. La concisa sublimidad de su empeño parecía una burla, y, sin embargo, en aquella epopeya de lo increíble, semejantes burlas solían parar en realidad.

Los que no den crédito á mis palabras, abran la Historia y verán que unas cuantas docenas de hombres extenuados, hambrientos, descalzos, medio desnudos, algunos de ellos heridos, se sostuvieron todo el día en la torre; mas no contentos con esto, extendiéronse por el techo de la iglesia, y abriendo aquí y allí innumerables claraboyas, sin atender al fuego que se les hacía desde el Hospital, empezaron á arrojar granadas de mano contra los franceses, obligándoles á abandonar el templo al caer de la tarde. Toda la noche pasó en tentativas del enemigo para reconquistarlo; pero no pudieron conseguirlo hasta el día siguiente, cuando los tiradores del tejado se retiraron, pasando á la casa de Sástago.