—Yo estoy vivo todavía, á lo que parece. No lo creí. El Señor sea conmigo. Me iré derecho al cielo. Señor de Araceli, ¿se ha muerto usted ya?

Me levanto y doy algunos pasos. Apoyándome en las paredes, avanzo un poco y llego junto á las Escuelas Pías. Algunos militares de alta graduación acompañan hasta la puerta á un clérigo pequeño y delgado, que les despide diciendo: «Con nuestro deber hemos cumplido, y la fuerza humana no alcanza á más...» Era el Padre Basilio.

Un brazo amigo me sostiene, y reconozco á D. Roque.

—Amigo Gabriel—me dice con aflicción.—La ciudad se rinde hoy mismo.

—¿Qué ciudad?

—Esta.

Al hablar así, me parece que nada está en su sitio. Los hombres y las casas, todo corre en veloz fuga. La Torre Nueva saca sus pies de los cimientos para huir también, y desapareciendo á lo lejos, el capacete de plomo se le cae de un lado. Ya no resplandecen las llamas de la ciudad. Columnas de negro humo corren de Levante á Poniente, y el polvo y la ceniza, levantados por los torbellinos del viento, marchan en la misma dirección. El cielo no es cielo, sino un toldo de color plomizo, que tampoco está quieto.

—Todo huye, todo se va de este lugar de desolación—digo á D. Roque.—Los franceses no encontrarán nada.

—Nada: hoy entran por la puerta del Angel. Dicen que la capitulación ha sido honrosa. Mira: ahí vienen los espectros que defendían la plaza.

En efecto: por el Coso desfilan los últimos combatientes, aquel uno por mil que había resistido á las balas y á la epidemia. Son padres sin hijos, hermanos sin hermanos, maridos sin mujer. El que no puede encontrar á los suyos entre los vivos, tampoco es fácil que los encuentre entre los muertos, porque hay cincuenta y dos mil cadáveres, casi todos arrojados en las calles, en los portales de las casas, en los sótanos, en las trincheras. Los franceses, al entrar, se detienen llenos de espanto ante espectáculo tan terrible, y casi están á punto de retroceder. Las lágrimas corren de sus ojos, y se preguntan si son hombres ó sombras las pocas criaturas con movimiento que discurren ante su vista.