—Desde aquel día ha empezado para mí la nueva vida. Comenzó por una inquietud ardiente que me quitaba el sueño, haciéndome aborrecible todo lo que no fuera Mariquilla. La propia casa paterna me era odiosa, y vagando por los alrededores de la ciudad sin compañía alguna, buscaba en la soledad la paz de mi espíritu. Aborrecí el colegio, los libros todos y la teología; y cuando llegó Octubre y me querían obligar á vivir encerrado en la santa casa, me fingí enfermo para quedarme en la mía. Gracias á la guerra, que á todos nos ha hecho soldados, puedo vivir libremente, salir á todas horas, incluso de noche, y verla y hablarle con frecuencia. Voy á su casa, hago la seña convenida, baja, abre una ventana con reja, y hablamos largas horas. Los transeuntes pasan; pero como yo estoy embozado en mi capa hasta los ojos, con esto y la obscuridad de la noche, nadie me conoce. Por eso los muchachos del pueblo se preguntan unos á otros: «¿Quién será el novio de la Candiola?» De algunas noches á esta parte, recelando que nos descubran, hemos suprimido la conversación por la reja. María baja, abre el portalón de la huerta y entro. Nadie puede descubrirnos, porque D. Jerónimo, creyéndola acostada, se retira á su cuarto á contar el dinero, y la criada vieja, única que hay en la casa, nos protege. Solos en la huerta, nos sentamos en una escalera de piedra que allí existe, y al través de las ramas de un álamo negro y corpulento, vemos á pedacitos la claridad de la luna. En aquel silencio majestuoso nuestras almas comprenden lo divino, y sentimos con una intensidad que no puede expresarse por el lenguaje. Nuestra felicidad es tan grande, que á veces es un tormento vivísimo; y si hay momentos en que uno desearía centuplicarse, también los hay en que uno desearía no existir. Pasamos allí largas horas. Anteanoche estuve hasta cerca del día, pues como mis padres me creen en el cuerpo de guardia, no tengo prisa para retirarme. Cuando principiaba á clarear la aurora, nos despedimos. Por encima de la tapia de la huerta se ven los techos de las casas inmediatas y el pico de la Torre Nueva. María, señalándole, me dijo:
—Cuando esa torre se ponga derecha, dejaré de quererte.
No dijo más Agustín, porque sonó un cañonazo del lado de Monte Torrero, y ambos volvimos hacia allá la vista.
[VI]
Los franceses habían embestido con gran empeño las posiciones fortificadas de Torrero. Defendían éstas diez mil hombres mandados por D. Felipe Saint-March y por O’Neille, ambos Generales de mucho mérito. Los voluntarios de Borbón, de Castilla, del Campo Segorbino, de Alicante y el provincial de Soria, los cazadores de Fernando VII, el regimiento de Murcia y otros cuerpos de que no hago memoria, rompieron el fuego. Desde el reducto de los Mártires vimos el principio de la acción, y las columnas francesas que corrían á lo largo del Canal para flanquear á Torrero. Duró gran rato el fuego de fusilería; mas la lucha no podía prolongarse mucho tiempo, porque aquel punto no se prestaba á una defensa enérgica, sin la ocupación y fortificación de otros inmediatos como Buenavista, Casa-Blanca y el partidor del Canal. Sin embargo, nuestras tropas no se retiraron sino muy tarde y con el mayor orden, volando el puente de América y trayéndose todas las piezas, menos una que había sido desmontada por el fuego enemigo.
Entre tanto, sentíamos fuertísimo estruendo que á lo lejos resonaba; y como por allí casi había cesado el fuego, supusimos trabada otra acción en el Arrabal.
—Allá está el brigadier D. José Manso—me dijo Agustín,—con el regimiento suizo de Aragón, que manda D. Mariano Walker; los voluntarios de Huesca, de que es jefe D. Pedro Villacampa; los voluntarios de Cataluña, y otros valientes cuerpos. ¡Y nosotros aquí mano sobre mano! Por este lado parece que ha concluído. Los franceses se contentarán hoy con la conquista de Torrero.
—O yo me engaño mucho—repuse,—ó ahora van á atacar á San José.
Todos miramos al punto indicado, edificio de grandes dimensiones, que se alzaba á nuestra izquierda, separado de Puerta Quemada por la hondonada de la Huerva.