—No, amigo—le respondí,—no hemos presenciado ese gran hecho de armas.

—¿Ni tampoco vieron la batalla de las Eras?—preguntó el mendigo sentándose frente á nosotros.

—Tampoco hemos tenido esa felicidad.

—Pues allí estuvo D. José Montoria: fué de los que llevaron arrastrando el cañón hasta enfilarlo... pues. Veo que ustés no han visto nada. ¿De qué parte del mundo vienen ustés?

—De Madrid—dijo D. Roque.—¿Con que usted nos podrá decir dónde vive mi gran amigo D. José?

—¡Pues no he poder, hombre, pues no he de poder!—repuso el cojo, sacando un mendrugo para desayunarse.—De la calle de la Parra se mudó á la de Enmedio. Ya saben ustés que todas las casas volaron... pues. Allí estaba Esteban López, soldado de la décima compañía del primer tercio de voluntarios de Aragón, y él solo con cuarenta hombres hizo retirar á los franceses.

—¡Eso sí que es cosa admirable!—dijo Don Roque.

—Pero si no han visto ustés lo del 4 de Agosto, no han visto nada—continuó el mendigo.—Yo ví también lo del 4 de Junio, porque me fui arrastrando por la calle de la Paja, y ví á la artillera cuando dió fuego al cañón de 24.

—Ya, ya tenemos noticia del heroísmo de esa insigne mujer—manifestó D. Roque.—Pero si usted nos quisiera decir...