A la escasa claridad percibimos varios bultos que sucesivamente se internaron en la cuadra, é hicimos fuego, avanzando después con brío tras ellos.

Al ruido de los tiros acudieron otros compañeros nuestros que habían quedado arriba, y penetramos denodadamente en la lóbrega pieza. Los enemigos no se detuvieron en ella, y á todo escape repasaron el agujero abierto en la pared medianera buscando refugio en su primitiva morada, desde la cual nos enviaron algunas balas. No estábamos completamente á obscuras, porque ellos tenían una hoguera, de cuyas llamas débiles rayos penetraban por la abertura, difundiendo rojiza claridad sobre el teatro de aquella lucha.

Yo no había visto nunca lucha semejante, ni jamás presencié combate alguno entre cuatro negras paredes, á la luz indecisa de una llama lejana, cuya oscilación proyectaba móviles sombras y espantajos en nuestro derredor.

Adviértase que la claridad era perjudicial á los franceses, porque á pesar de guarecerse tras el hueco, nos ofrecían blanco seguro. Nos tiroteamos breve rato, y dos compañeros cayeron muertos ó mal heridos sobre el húmedo suelo. A pesar de este desastre, hubo otros que quisieron llevar adelante aquella aventura, asaltando el agujero é internándose en la guarida del enemigo; pero aunque éste había cesado de ofendernos, parecía prepararse para atacar mejor. De repente se apagó la hoguera y quedamos en completa obscuridad. Dimos repetidas vueltas buscando la salida, y chocábamos unos con otros. Esta situación, junto con el temor de ser atacados con elementos superiores, ó de que arrojaran en medio de aquel sepulcro granadas de mano, nos obligó á retirarnos al patio confusamente y en tropel.

Tuvimos tiempo, sin embargo, para buscar á tientas y recoger á los dos camaradas que habían caído durante la refriega, y luego que salimos, cerramos la puerta, tabicándola por dentro con piedras, escombros, vigas, toneles y cuanto en el patio se nos vino á las manos manos. Al subir, el que nos mandaba repartió algunos hombres en distintos puntos de la casa, dejando un par de escuchas en el patio para atender á los golpes de la zapa enemiga, y á mí me tocó salir fuera con otros para traer un poco de comida, que á todos nos hacía muchísima falta.

En la calle, nos pareció que de una mansión de tranquilidad pasábamos al mismo infierno, porque en medio de la noche continuaba el fuego entre las casas y la muralla. La claridad de la luna permitía correr sin tropiezo de un punto á otro, y las calles eran á cada instante atravesadas por escuadrones de tropa y paisanos, que iban, según la voz pública, á donde había verdadero peligro. Muchos, sin entrar en fila y guiados de su propio instinto, acudían aquí y allí, haciendo fuego desde el punto que mejor les venía á cuento. Las campanas de todas las iglesias tocaban á la vez con lúgubre algazara, y á cada paso se encontraban grupos de mujeres transportando heridos.

Por todas partes, especialmente en el extremo de las calles que remataban en la muralla de Tenerías, se veían hacinados los cuerpos, y el herido se confundía con el cadáver, no pudiendo determinarse de qué bocas salían aquellas voces lastimeras que imploraban socorro. Yo no había visto jamás desolación tan espantosa; y más que el espectáculo de los desastres causados por el hierro, me impresionó ver en los dinteles de las casas, ó arrastrándose por el arroyo en busca de lugar seguro, á muchos atacados de la epidemia, que se morían por momentos sin tener en las carnes la más ligera herida. El horroroso frío les hacía dar diente con diente, é imploraban auxilio con ademanes de desesperación, porque no podían hablar.

A todas éstas, el hambre nos había quitado por completo las fuerzas, y apenas nos podíamos detener.

—¿Dónde encontraremos algo de comida?—me dijo Agustín.—¿Quién se va á ocupar de semejante cosa?

—Esto tiene que acabarse pronto de una manera ó de otra—respondí.—O se rinde la ciudad, ó perecemos todos.