—¡Mariquilla, Mariquilla de mi corazón!—exclamó Montoria abrazándola con júbilo.—¿Cómo estás aquí? Iba ahora en busca tuya.
Mariquilla no podía hablar, y sin el sostén de los brazos del amante, su cuerpo desmadejado y flojo hubiera caído al suelo.
—¿Estás enferma? ¿Qué tienes? ¿Por qué lloras? ¿Es cierto que las bombas han derribado tu casa?
Cierto debía de ser, pues la desgraciada joven mostraba en su desaliñado aspecto una gran desolación. Su vestido era el que le vimos la noche anterior. Tenía suelto el cabello, y en sus brazos magullados observamos algunas quemaduras.
—Sí—dijo al fin con apagada voz.—Nuestra casa no existe; no tenemos nada; lo hemos perdido todo. Esta mañana, cuando saliste de allá, una bomba deshizo el techo. Luego cayeron otras dos...
—¿Y tu padre?
—Mi padre está allá y no quiere abandonar las ruínas de la casa. Yo he estado todo el día buscándote para que nos dieras algún socorro. Me he metido entre el fuego; he estado en todas las calles del arrabal; he subido á algunas casas. Creí que habías muerto.
Agustín se sentó en el hueco de una puerta, y abrigando á Mariquilla con su capote, la sostuvo en sus brazos como se sostiene á un niño. Repuesta de su desmayo pudo seguir hablando, y entonces nos dijo que no habían podido salvar ningún objeto, y que apenas tuvieron tiempo para huir. La infeliz temblaba de frío: poniéndole mi capote sobre el que ya tenía, tratamos de llevarla á la casa que guarnecíamos.
—No—dijo.—Quiero volver al lado de mi padre. Está loco de desesperación, y dice mil blasfemias, injuriando á Dios y á los santos. No he podido arrancarle de aquello que fué nuestra casa. Carecemos de alimento. Los vecinos no han querido darle nada. Si ustedes no quieren llevarme allá, me iré yo sola.
—No, Mariquilla, no: no irás allá—dijo Montoria;—te pondremos en una de estas casas, donde, al menos por esta noche, estarás segura, y entre tanto Gabriel irá en busca de tu padre, y llevándole algo de comer, de grado ó por fuerza le sacará de allí.