Los veinte tuvieron que resistir el vivísimo fuego que se les hacía desde el coro, y la explosión de las granadas de mano que los de las tribunas les arrojaban; pero á pesar de sus grandes pérdidas, avanzaron resueltamente á la bayoneta sobre la escalera. No se acobardaron los diez defensores del fuerte, y defendiéronse á arma blanca con aquella superioridad infalible que siempre tuvieron en este género de lucha. Muchos de los nuestros, que antes hacían fuego parapetados tras los altares y los confesonarios, corrieron á atacar á los franceses por la espalda, representando de este modo en miniatura la peripecia de una vasta acción campal; y trabóse la contienda cuerpo á cuerpo á bayonetazos, á tiros y á golpes, según como cada cual cogía á su contrario.
De la sacristía salieron mayores fuerzas enemigas, y nuestra retaguardia, que se había mantenido en el coro, salió también. Algunos que se hallaban en las tribunas de la derecha, saltaron fácilmente al cornisamento de un gran retablo lateral, y no satisfechos con hacer fuego desde allí, desplomaron sobre los franceses tres estatuas de santos que coronaban los ángulos del ático. En tanto el púlpito se sostenía con firmeza, y en medio de aquel infierno, ví al tío Garcés ponerse en pie, desafiando el fuego, y accionar como un predicador, gritando desaforadamente con voz ronca. Si alguna vez viera al demonio predicando el pecado en la cátedra de una iglesia, invadida por todas las potencias infernales en espantosa bacanal, no me llamaría la atención.
Aquello no podía prolongarse mucho tiempo, y Garcés, atravesado por cien balazos, cayó de improviso, lanzando un ronco aullido. Los franceses, que en gran número llenaban la sacristía, vinieron en columna cerrada, y en los tres escalones que separan el presbiterio del resto de la iglesia, nos presentaron un muro infranqueable. La descarga de esta columna decidió la cuestión del púlpito, y quintados en un instante, dejando sobre las baldosas gran número de muertos, nos retiramos á las capillas. Perecieron los primitivos defensores del púlpito, así como los que luego acudieron á reforzarlos, y al tío Garcés, acribillado á bayonetazos después de muerto, le arrojaron en su furor los vencedores por encima del antepecho. Así concluyó aquel gran patriota que no nombra la historia.
El capitán de nuestra compañía quedó también inerte sobre el pavimento. Retirándonos en desorden á distintos puntos, separados unos de otros, no sabíamos á quién obedecer; bien es verdad que allí la iniciativa de cada uno ó de cada grupo de dos ó tres era la única organización posible, y nadie pensaba en compañías ni en jerarquías militares. Había la subordinación de todos al pensamiento común, y un instinto maravilloso para conocer la estrategia rudimentaria que las necesidades de la lucha á cada instante nos iba ofreciendo. Este instintivo golpe de vista nos hizo comprender que estábamos perdidos desde que nos metimos en las capillas de la derecha, y era temeridad persistir en la defensa de la iglesia ante las enormes fuerzas francesas que la ocupaban.
Algunos opinaron que con los bancos, las imágenes y la madera de un retablo viejo, que fácilmente podía ser hecho pedazos, debíamos levantar una barricada en el arco de la capilla y defendernos hasta lo último; pero dos Padres agustinos se opusieron á este esfuerzo inútil, y uno de ellos nos dijo:
—Hijos míos, no os empeñéis en prolongar la resistencia, que os llevaría á perder vuestras vidas sin ventaja alguna. Los franceses están atacando en este instante el edificio por la calle de las Arcadas. Corred allí á ver si lográis atajar sus pasos; pero no penséis en defender la iglesia, profanada por esos cafres.
Estas exhortaciones nos obligaron á salir al claustro, y todavía quedaban en el coro algunos soldados de Extremadura tiroteándose con los franceses, que ya invadían toda la nave.
Los frailes sólo cumplieron á medias su oferta en lo de darnos algún gaudeamus como recompensa por haberles defendido hasta el último extremo su iglesia, y fueron repartidos algunos trozos de tasajo y pan duro, sin que viéramos ni oliéramos el vino en ninguna parte, por más que alargamos la vista y las narices. Para explicar esto, dijeron que los franceses, ocupando todo lo alto, se habían posesionado del principal depósito de provisiones; y lamentándose del suceso, procuraron consolarnos con alabanzas de nuestro buen comportamiento.
La falta del vino prometido hízome acordar del gran Pirli, y entonces caí en la cuenta de que le había visto al principio del lance en una de las tribunas. Pregunté por él; pero nadie me sabía dar razón de su paradero.
Ocupaban los franceses la iglesia y también parte de los altos del Convento. A pesar de nuestra desfavorable posición en el claustro bajo, estábamos resueltos á seguir resistiendo, y traíamos á la memoria la heróica conducta de los voluntarios de Huesca, que defendieron las Mónicas hasta quedar sepultados bajo sus escombros. Estábamos delirantes, ebrios; nos creíamos ultrajados si no vencíamos, y nos impulsaba á las luchas desesperadas una fuerza secreta, irresistible, que no puedo explicarme sino por la fuerte tensión erectiva del espíritu y una aspiración poderosa hacia lo ideal.