—¡Cómo! ¿una mujer, una Condesa—preguntó con entusiasmo D. Roque,—levantaba barricadas y apuntaba fusiles?
—¿Ustés no lo sabían?—dijo Sursum.—¿Pues en dónde viven ustés? La señora María Consolación Azlor y Villavicencio, que vive allá junto al Ecce-Homo, andaba por las calles, y á los desanimados les decía mil lindezas, y luego, haciendo cerrar la entrada de la calle, se puso al frente de una partida de paisanos, gritando: «¡Aquí moriremos todos antes que dejarles pasar!»
—¡Oh, cuánta sublimidad!—exclamó Don Roque, bostezando de hambre.—¡Y cuánto me agradaría oir contar hazañas de esa naturaleza con el estómago lleno! Con que decía usted que la casa de D. José cae hacia...
—Hacia allá—repuso el cojo.—Ya saben ustés que los enemigos se enredaron y se atascaron en el arco de Cineja. ¡Virgen mía del Pilar! aquello era matar franceses; lo demás es aire. En la calle de la Parra, en la plazuela de Estrevedes, en la calle de los Urreas, en la de Santa Fe y en la del Azoque los paisanos despedazaban á los franceses. Todavía me zumba en las orejas el cañoneo, el gritar de aquel día. Los gabachos quemaban las casas que no podían defender, y los zaragozanos hacían lo mismo. Fuego por todos lados... Hombres, mujeres, chiquillos... basta tener dos manos para trabajar contra el enemigo. ¿Ustés no lo vieron? Pues no han visto nada. Pues como les iba diciendo, aquel día salió Palafox de Zaragoza para...
—Basta, amigo mío—dijo D. Roque perdiendo la paciencia:—estamos encantados con su conversación; pero si no nos guía al instante á casa de mi paisano ó nos indica cómo podemos encontrar su casa, nos iremos solos.
—Al instante, señores, no apurarse—replicó Sursum Corda echando á andar delante de nosotros con toda la agilidad de sus muletas.—Vamos allá, vamos con mil amores. ¿Ven ustés esta casa? Pues aquí vive Antonio Laste, sargento primero de la compañía del cuarto tercio, y ya sabrán que salvó de la Tesorería los diez y seis mil cuatrocientos pesos, y quitó á los franceses la cera que habían robado.
—Adelante, adelante, amigo,—dije, viendo que el incansable hablador se detenía para contar de un modo minucioso las hazañas de Antonio Laste.
—Ya pronto llegaremos—repuso Sursum.—Por aquí iba yo en la mañana del 1.º de Julio, cuando encontré á Hilario Lafuente, cabo primero de la compañía de escopeteros del presbítero Sas, y me dijo: «Hoy van á atacar el Portillo.» Entonces yo me fuí á ver lo que había y...