—¿Conoce bien su país?
—En mi país y en todo el territorio de las Cinco Villas, no hay rincón que no me sea tan familiar como mi propia casa. La Ribera de Navarra también me la sé palmo a palmo, y la merindad de Sangüesa lo mismo. Del resto de Navarra que he recorrido como cazador o paseante en mis tiempos de mozo, y de la parte de Guipúzcoa donde he vivido últimamente, solo diré que montes y ríos me conocen a mí.
Zumalacárregui le observó un rato sin decir nada. Era hombre que oía más que hablaba, y que no gustaba de palabras ociosas.
—Sin el conocimiento práctico del terreno —dijo después de una pausa—, no se puede ser buen militar. Y según mis noticias, usted, que ha corrido tanto por estos vericuetos, debe de conocer a los hombres tanto o más que a los ríos y montañas... Señor Fago, yo podría encargarle a usted de una comisión, que no es muy militar que digamos; comisión poco gloriosa, poco brillante, pero que, en las circunstancias presentes, desempeñada con diligencia y sagacidad, nos resolvería un gran problema... Y se me figura que usted sabría prestar este servicio al rey con el sigilo y la prontitud que el caso requiere... Fíjese usted. No se trata de ninguna empresa heroica, sino de un trabajo modesto, para el cual se necesita paciencia, astucia, honradez, amor a la causa, y... valor; también se necesita valor, porque la cosa tiene sus peligros.
—Dígamelo pronto, mi general —replicó Fago, que se abrasaba en impaciencia.
—Pues verá usted: poseemos gran cantidad de proyectiles, de los que cogimos en Orbaiceta; pero nos faltan cañones... Si yo tuviera un par de obuses, no se reirían de mí las guarniciones de las villas de Navarra. ¿Y cómo me las compongo para adquirir esas dos piezas? Se me ha ocurrido hacerlas. Reina y Balda me han dicho ayer, y hoy me lo han repetido, que si les doy metal, fundirán los obuses en la ferrería de Labayen. ¿Pero de dónde saco yo el metal?
—Lo mismo digo: ¿el metal dónde está? Habrá que extraerlo de las entrañas de la tierra.
—No, señor: hay que sacarlo de las entrañas de las cocinas y comedores de todas las casas de Navarra y Aragón, y el buscarlo y traérmelo es la misión que se me ha ocurrido encargar a usted.
—Comprendido, mi general. Vuecencia quiere que yo haga una colecta de cacerolas, badilas, almireces, aros de herradas, chocolateras, velones, braseros, y demás objetos de cobre.
—En cantidad considerable —indicó don Tomás sin mirarle, trazando con la pluma una rápida cuenta sobre el papel que delante tenía —porque..., señor mío, no me contento ya con los dos obuses, y haré dos piezas de batalla de a ocho, y quizás cuatro..., vamos, seis. Crea usted que si conseguimos esto, la campaña tomará otro giro... ¿Qué tiene usted que decir?