—Mi general —dijo Fago con vivísima intensidad en la expresión de su deseo—, deme vuecencia los doscientos hombres, y antes de ocho días pongo en Labayen mil quintales de metal a disposición del señor Reina, que ya puede ir preparando los hornos. Las operaciones que en esos ocho días realice yo, dentro del territorio de las Cinco Villas exclusivamente, serán de mi responsabilidad. Quedo obligado por mi honor a presentarme a vuecencia con los doscientos hombres, o con los que me queden, y vuecencia decidirá si sigo o no sigo.
Zumalacárregui le miró como se mira a un loco. Comprendiendo Fago el sentido de aquella mirada, se levantó para coger el sombrero, y se despidió en esta forma:
—Mi general, dispénseme. En la mirada de vuecencia he conocido que le parece disparate lo que le propongo. Con seguridad hallará vuecencia persona más apta que yo para ese servicio de reunir trastos de cobre. Y como no quiero que por mí pierda el general su precioso tiempo, le pido su venia para retirarme.
Púsose en pie Zumalacárregui, y con movimiento pausado y noble, sin perder ni un instante su gravedad, le quitó el sombrero de las manos, diciéndole:
—No tenga usted tanta prisa, que aún no hemos acabado. Siéntese usted.
Algo había visto en el carácter del aragonés que le agradaba, o que, por lo menos, despertaba en alto grado su interés y curiosidad. Quería, pues, penetrar en el antro de resoluciones atrevidas y pensamientos tenaces que, sin duda, existía detrás de aquella cara de vigorosas líneas, de aquella frente pálida, de aquellos ojos ya fulgurantes, ya mortecinos, como escritura cifrada que necesita clave para su interpretación.
—No le doy a usted los doscientos hombres —dijo don Tomás poniéndole la mano en el hombro—. Le daré doce nada más, con los cuales tendrá fuerza bastante para otra comisión que voy a proponerle.
X
Entró un ayudante con despachos que debían ser urgentes, porque el general se aplicó a leerlos con avidez, y la conferencia fue interrumpida.
—Si vuecencia necesita despachar, o quiere recibir a alguien —le dijo el clérigo—, en la antesala aguardaré hasta que se me ordene.