—Menos yo, que también ignoraba que fuese sobrino de don Francisco.
—Entonces nos confundimos... ¡Oh!, dispénseme... —dijo el curita estrechándole las manos—. Le tomé a usted por Aquilino, el cura de Elizondo, sobrino carnal de Mina, digo, de su primera mujer. Vaya, que se le parece usted en la color morena, en el ceño adusto, y en el metal de voz sobre todo. ¿Conque no? Por muchos años. Yo me alegro; porque francamente, como tenemos en contra al gran guerrillero, y hemos de cachifollarlo todo lo que podamos, celebro infinito que no sea usted su pariente. Pues yo, al entrar, le vi a usted y me dije: «¡Hola!, aquí tenemos al curita de Elizondo, enviado por su tío para parlamentar...». ¡Si hasta se ha dicho que Mina se nos venía a casa! Yo no lo creo. Pero, francamente, al ver al cura de Elizondo..., que luego resulta no ser el cura de Elizondo..., pensé: «Tratos tenemos y recaditos. Mina es astuto, este más. Puede que se entiendan, y unidos los dos, nos traigan en cuatro días el triunfo del Altar y el Trono». Yo discurría con buena lógica..., porque... la cosa es clara..., usted en Elizondo, a dos pasos de la frontera por acá; Mina en Cambo, a dos pasos de la frontera por allá. «Nada, nada —pensé yo—: el sobrino se ha puesto al habla con el tío, y ahora trae el recado, y luego vuelta a Cambo con la contestación...». Digan lo que quieran, es usted el retrato de Aquilino Errazu, y el general, cuando le vea, le dirá...
—El general ya me ha visto, y no me ha dicho nada de eso.
Con la palabra en la boca se quedó el cura. Fago fue introducido nuevamente de orden de don Tomás, y este le dijo, permaneciendo los dos en pie:
—Le doy a usted doce hombres, que escogerá a su gusto, y con ellos se me encarga de una comisión para la cual se necesita arrojo, astucia y actividad extraordinaria. Dígame ante todo: ¿conoce usted bien los senderos de Vizcaya en el límite con Guipúzcoa?
—Los senderos que no conozca los aprenderé al instante.
—Tiene usted que ir a la costa, entre Motrico y Ondárroa. Cerca de esta villa, en un playazo, hay un cañón de hierro, excelente, de a doce, abandonado por el Gobierno cristino. Va usted, lo coge, y me lo trae. Cómo se las ha de componer para transportar esa mole, usted verá. Escogeremos soldados que sepan de carpintería, pues será preciso hacer un carro. Piense usted y determine el camino que ha de seguir para transportar esa carga, burlando a las autoridades cristinas, y evitando que la noticia se divulgue. El cañón quiero que esté en Alsasua dentro de seis días. Hoy sale usted de aquí con los doce hombres y ocho onzas para los gastos que se ocasionen. Creo que bastará, aun suponiendo que sea menester emplear parejas de bueyes y pagar algunos jornales. Calculo yo que mis paisanos ayudarán todo lo que puedan sin interés alguno.
Presentado el asunto con tanta sencillez, el general aguardó un ratito la respuesta de Fago, que mirando al suelo parecía meditar en las dificultades de la empresa.
—¿Qué? —preguntó Zumalacárregui impaciente y algo desdeñoso—. ¿Cree usted que la cosa es difícil, imposible?
—Nada hay imposible —afirmó el otro afrontando la mirada del héroe—. Si esto fuera fácil, creo que vuecencia no me lo encargaría a mí. Traeré el cañón. Me parece poco seis días.