El descanso de los tres hombres fue turbado por uno de los compañeros, que se les presentó jadeante, y les dijo:
—En el camino de Elosua, los cristinos..., muchos, muchos..., caballería grande... Detenerse para ración... Pasar hacen por aquí bajo, hacia Azcoitia, pues.
De los otros compañeros vinieron luego dos confirmando la noticia. Los otros tres habían pasado el río, subiendo a las alturas de Pagochaeta en busca de juntas de bueyes. Dispuso Fago internar más el cañón en el bosque, pues solo se hallaban a un tiro de fusil del camino real que en lo hondo del valle serpenteaba. Echaron todos sus formidables manos, y tomado el tiento a la pesada mole, lograron moverla monte arriba como unas veinte varas, poniéndola en un sitio más escondido, al amparo de las ruinas de una cabaña de carboneros... A poco de esto les sobresaltó un tiroteo lejano, señal de que alguna partida suelta molestaba a los cristinos desde las alturas de Elosua; fueron hacia allá, dejando el cañón custodiado por la providencia divina, en la cual confiaban todos, y a la media hora de presuroso caminar, divisaron a lo lejos algunos hombres que iban a buen paso en dirección contraria al Urola, como hacia Placencia. Ordenó Fago que los más ligeros de piernas corrieran a su alcance, y les ordenaran detenerse de orden de Zumalacárregui. Eran escopeteros de la partida de Bidaurre; Chomín les conocía; corrió el primero; tras él fue Arizmendi, natural de Éibar, y pronto se pusieron unos y otros al habla. Por los de la partida supo el capellán que la columna cristina que se racionaba en Elosua era la de Carratalá. Reconociéndose todos al punto como defensores de la causa, en pocas palabras expuso Fago a los guerrilleros el objeto de su expedición, añadiendo que el general, al encargarle de transportar la pieza de artillería, habíale asegurado que las partidas volantes que operaban en combinación con la columna de Eraso le ayudarían en cualquier aprieto que pudiera ocurrirle. Un poco tardíos en hacerse cargo de la situación, los partidarios vacilaban; pero tal autoridad supo mostrar el aragonés, y con tan elocuente energía les habló, que se convencieron, prestándose a cuanto exigiera el servicio de la causa. Gorria, Chomín y los demás, hablando con los otros en vascuence, establecieron la más franca cordialidad. El principal de la partida les dijo:
—¿Y qué tenemos que hacer?... ¿Defender la pieza por si quieren quitárnosla?
—No —replicó Fago—. Si quisieran quitárnosla, sería imposible defenderla. Lo que tenemos que hacer es impedir que la descubran; ocultarnos todos cuidadosamente, sin hacer el menor ruido, y una vez que la retaguardia cristina avance y nos deje el río libre, echar entre todos mano al cañón, y pasarlo por el puente de Elosua. Si por acaso los cristinos dejan alguna fuerza en el puente, embestirla sin miedo, acuchillarla, y adelante. Pasado el cañón a la otra orilla, no nos faltarán parejas con que llevarlo esta noche a Urrestillo, y franquear luego el monte Murumendi.
Aprobado este plan, Fago mandó apartarse más hacia occidente, dejando una guardia que vigilase el movimiento de los cristinos. Los de la partida eran once bien armados, con municiones abundantes; los otros seis: diecisiete hombres en junto, de gran fortaleza y decisión. Contaron los escopeteros que Bidaurre les había mandado tirotear a Carratalá desde el monte, molestándole sin darle tiempo a la defensa, y que con rápida marcha se corrieran luego hacia Azcoitia para repetir la propia operación desde las alturas del puerto de Azcárate. El resto de la fuerza andaba por las cercanías de Azpeitia.
No se habían internado gran trecho en la espesura, cuando sintieron los clarines de la caballería cristina que avanzaba. Los vigías que habían dejado en las peñas que dominan a Elosua avisaron que aún quedaban allá grupos de fusileros en acecho, ocupando las alturas más accesibles. Toda su autoridad hubo de desplegar Fago para contener a los de la partida, que nada menos pretendían que cazar, como erbias (liebres), a los soldados cristinos. Hízose por fin lo que la prudencia y el buen gobierno de la situación aconsejaban. Echáronse todos en tierra, con orden de no hablar, evitando la repercusión de sonidos en la sierra fragorosa, y así permanecieron hasta que la gradual lejanía del rumor militar les anunció que la columna enemiga había pasado río abajo. Decidió entonces Fago aprovechar el tiempo, y dirigiéndose hacia donde había dejado el cañón, ordenó que entre todos, utilizando el repuesto de sogas que llevaban, tiraran de él para bajarlo al puente. Diecisiete hombres de poderosa musculatura bien podían desarrollar la fuerza de tiro de dos parejas; o, por lo menos, había que intentarlo hasta conseguirlo o reventar, pues se recibió la noticia de que tras aquella columna venía otra, que había salido de Villarreal al mediodía: su paso por el sitio de peligro sería dentro de hora y media o dos horas lo más. ¿Qué remedio había más que acelerar el transporte de la narria a la otra orilla, so pena de no poder hacerlo hasta muy tarde de la noche, o de correr el gravísimo riesgo de caer todos, cañón y hombres, en poder de los cristinos? Ánimo y adelante.
Los dieciséis hombres, los treinta y dos brazos tiraron, obteniendo la unidad del esfuerzo con el grito rítmico de la gente de mar, y el pesado armatoste resbaló por el suelo, suave en algunos sitios alfombrados de grama, áspero en otros. Pero tal energía desplegaban, tan extraordinario poder desarrollaron los brazos de aquellos hombres, excitándose con frases de ardiente entusiasmo y fervor por la causa, que en veinte minutos trasladaron la carga a corta distancia del puente, situándola en un altozano, al borde de un talud, por donde era forzoso precipitarla. El peligro de que la mole, resbalando a impulso de su propio peso, arrollara a los más impetuosos fue salvado con las serenas disposiciones que tomó el jefe. Felizmente, los cristinos no dejaron fuerza en la venta, con lo que ya no había más que acelerar el paso a la otra orilla antes de que llegara la segunda columna. Los de la venta, adictos también, ofrecieron su ayuda, y por fin, en media hora de colosales esfuerzos, tirando todos, arreándoles Fago con gritos y trallazos, salvó el cañón la joroba del puente, y pasó a la margen derecha del Urola, donde había un caminejo bastante expedito que les permitió internar la carga a trescientas o más varas de la orilla. No era el sitio seguro, ni mucho menos; pero imposibilitado de seguir adelante sin yuntas, ordenó Fago a los escopeteros que se volviesen a la orilla izquierda y tomaran posiciones en lo alto de las peñas para molestar a la columna cuando llegara, distrayéndola por aquella parte. Como la noche se venía encima, dispuso también que en las alturas donde habían estado antes se encendiesen hogueras, a fin de que la atención del jefe de la columna se desviara del sitio que interesaba mantener libre de toda sospecha.
Retirose con esto la partida, y despedidos los de la venta, previa la amenaza de fusilarles si daban el soplo a los cristinos, Fago y los suyos esperaron con vivísima ansiedad, pues en aquel caso se jugaban la vida. Discurrieron abrir un gran hoyo y enterrar el cañón: solo una pala y una azada tenían; pero con tanto ahínco trabajaron, haciendo sus manos oficio de paletas, que el hoyo quedó abierto en media hora, y la pieza desapareció dentro de tierra y bajo una capa de hierbas y pedruscos. Hecho esto, se dispersaron, y situados en alturas fragosas, acecharon el paso de la columna. Temía Fago que los de la venta, por miedo o cobardía, revelaran el secreto a la tropa, o a la patrulla de chapelgorris, que seguramente vendría de noche; recelaba que si no los hombres, las mujeres, siempre charlatanas y enredadoras, dejaran traslucir algo, y no tenía tranquilidad hasta no salir de aquella comprometida situación. Al anochecer pasó la columna sin detenerse, circunstancia felicísima a que los expedicionarios debieron su salvación: sin duda quería llegar a Azcoitia a hora conveniente para alojarse. Los escopeteros tirotearon como a un cuarto de legua más abajo, conforme Fago les había advertido: todo iba bien, admirablemente combinado por la previsión suya, ayudada del acaso. Solo podía entorpecer el éxito la inopinada presencia de los miqueletes, sobre todo si algún maligno o indiscreto les ponía sobre la pista del enterrado tesoro; pero este peligro se disponían a conjurarlo Chomín y Gorria, proponiéndose quitar de en medio a la patrulla, sin darle tiempo a respirar.