—¡Ah, Fulano, pobrecico!...
A otros nadie les conocía: llamaban con fuertes voces a soldados distantes.
—Tú, ven, a ver si sabes quién es este... Juraría que es Juanico, cabo del sexto... ¿Y aquel no es Samaniego, el guipuzcoano jugador de pelota?... ¡Mia, mia, qué cuerpo tan grande! Digo que no va a haber tierra donde meterlo... Ved aquí al pobre Chomín con pierna y media nada más, y la cabeza rota... El que no comparece es Gurumendi, más bravo que el Cid, y más feo que el hambre. ¡Ay!, aquí está el chico ese de Cirauqui... Blasillo. Su madre quedaba esta tarde en Piedramillera rezando porque no le tocaran las balas. Tiene atravesado el pecho. Maldito si saben las balas adónde van... ¡Qué dolor!... Y gracias que hoy no se han reído esos pillos, y en retirada fueron... Pero verás tú la que traman ahora... Lo que yo digo es que con este don Córdova no juegan... Denles mañana otra batida como esta, y veremos a dónde va a parar la taifa legítima... ¿Y por qué no viene el asoluto a ponerse aquí, en los sitios donde pegan? ¡Ah!, mientras sus soldados echaban aquí el alma, él tan tranquilo en Artaza, sentadito al amor de los tizones... Ellos, ellos, el don Isidro ese, y la Isidra de allá, doña Cristina, debieran ser los primeros en meterse en el fuego..., pues de no, no veo la equidad. ¡Ay, españoles, que es lo mismo que decir bobos!...
—Cállate, Saloma —murmuró, reprobando este concepto un granadero esbeltísimo, portador de la linterna—, que no es esta ocasión de bromas.
—No me callo —replicó la baturra cuadrándose—, que lo que digo es la verdad de Dios.
—Decir españoles —manifestó un vejete riojano que llevaba en un borrico su bien surtida provisión de bebida, con lo cual ganaba mucho dinero— es lo mesmo que decir héroes. ¿Pues qué eran sino españoles netos Hernán Cortés, Colón y la Agustina de Zaragoza?... ¿Qué me contáis a mí, que estuve en la de Arapiles y en la de Vitoria? Aquí, donde me veis, un día le cosí una bota al propio lor Vellinton... Me la trajo su asistente. Un servidor de ustedes era el primer zapatero de todo el ejército aliado... Y con gran primor le cosí la bota, y él se la puso, y con ella ganó la batalla; quiero decir, que le dio la puntera a Marmont... Conque yo sé más que vosotros..., y digo que españoles y héroes es lo mesmo.
—¿Qué sabes tú, borracho? —le contestó la baturra—. Lo que yo digo es que en Borja conocí dos chicarrones que eran más simples que el caldo de borrajas. Les metías el dedo en la boca, y no te mordían..., en fin, bobos como los corderos de la Virgen... Vinieron al ejército cristino; el general Lorenzo les mandó a llevar un parte a la guarnición de Los Arcos. Los pobrecicos lo llevaron, y al volver por Logroño encontraron la partida de Lucus, cien hombres. Lucus les dijo: «¿De dónde venéis vos?». Y ellos responden: «Del jinojo...». «Mirad que os afusilamos si no decís la verdad...». «Semos de Borja y decimos lo que nos da la gana». Murieron, ¡angélicos!, gritando: «Venimos del jinojo y al jinojo nos vamos».
—Eso es decencia. Murieron antes que vender el secreto del general. ¿Y dices que eran simples?
—Como borregos.
—Di que mártires, como los de Dios vivo.