XXIII
—Es cierto —prosiguió el capellán—. En lo que no estamos conformes es en que la hija de Ulibarri sea falsa monja. Mis noticias son que ha profesado.
—¿Y por dónde, por quién ha recibido usted esa información?
—Por nadie, señor —dijo Fago con desprecio de sí mismo, paseándose—. No sé nada: es que lo pienso, lo he soñado... No me haga usted caso. Estoy demente.
—No es eso locura. Mi buen capellán fluctúa tristemente entre lo que le pinta su imaginación y lo que por mi boca le dice la realidad. Procure usted concertar su sueño con mis informes; ver si acierta el delirio, que bien podría ser, o si yo me equivoco, lo que no es improbable. Intente salir de su horrible duda, aceptando la comisión que le propuse.
—¿Pero no dice usted que ha encargado a otro...?
—Aún no ha salido y puedo darle contraorden.
—Y ese otro, ¿quién es?
—Un hombre muy listo, muy despierto, buena estampa, aficionadillo a las aventuras.
—¿Militar?... ¿No?... ¿Acaso pertenece también al estado eclesiástico?