—Figúrate —le dijo— que nuestros veinticinco batallones son veinticinco barcos, y que nos hemos metido en un canal o bahía larga y estrecha. Esta división es el navío de retaguardia. En la boca del canal nos atacan buques enemigos. Si salimos, mal; si entramos, hemos de navegar empujándonos unos a otros hasta salir por el opuesto extremo del canal. Si nos retiramos por donde hemos venido, a medida que vayan saliendo barcos, el enemigo los irá cazando a su gusto y abrasándolos sin piedad. ¿Lo comprendes ahora?
—Sí; la dificultad y el error están en que, a lo largo de la sierra, nuestros batallones no pueden desplegarse en un extenso frente de combate. Tienen que ir enfilados, con un frente estrechísimo, unos tras otros.
Y no solo les afligió el desaliento durante la noche, sino también la sed. En aquellas alturas no había agua. Un chusco dijo que tenían que contentarse con beberla por las orejas, porque oían ruidos de espumosos torrentes bajo sus pies, a profundidades a que solo con el pensamiento, no con la mirada, podían llegar. Reforzada la columna durante la noche con el batallón más próximo, preparáronse para la pelea del siguiente 22 de abril, que debía de ser, y fue realmente, una página épica. Los carlistas embistieron muy temprano; sus guerrillas habían trepado a alturas donde era increíble que pudiesen hombres mantenerse y pelear, no convirtiéndose en gatos o ardillas. En las espesuras cercanas y en los picachos del otro lado de la barranquera, los fogonazos simulaban el incendio del bosque. Sin la artillería de montaña, manejada con toda la pericia del mundo, la retaguardia cristina habría perecido en la puerta de la ratonera. Al mediodía, Valdés y Córdova acordaron descender, arrostrando las desventajas de la posición, y el 5.º de Ligeros fue el primero que se lanzó impávido por el desfiladero de Artaza, hostilizado por un lado y por otro... El Provincial de Toro y otros cuerpos siguiéronle con el mismo brío. Los carlistas, rechazados en una vuelta del camino, se escabullían por aquellas angosturas para reaparecer luego más abajo, encastillados entre peñas. Caían soldados de la reina sin cesar; los jefes de los cuerpos combatían en primera línea. Córdova y el barón del Solar defendían sus vidas como el último de los soldados. De este modo, y perdiendo mucha gente, llegaron con extraordinaria gallardía al pueblo de Baríndano, que encontraron desierto. Allí ya podían respirar, poner en orden los desconcertados batallones y atender a los heridos que habían podido recoger. Perdieron carros de municiones y víveres; perdieron muchas vidas. Ya no había más plan que emprender la retirada hacia Estella con todo el arte posible.
Y durante la noche, la retaguardia, que por el cambio de frente había llegado a ser vanguardia del ejército de la reina, desde Baríndano seguía viendo nutrido fuego en el desfiladero de Artaza, señal de que las demás divisiones descendían del laberinto con las mismas dificultades. A media noche cesó el fuego, porque a los carlistas se les habían acabado las municiones, y se replegaban hacia Aranarache y Contrasta.
Lo peor de aquella tremenda jornada era que los cristinos no encontraban ningún apoyo en el país: el vecindario huía de los pueblos, poniéndose al amparo de la facción; a ningún precio se encontraban aldeanos ni pastores que quisieran practicar el espionaje; la ignorancia de los movimientos del enemigo y de los puntos en que pernoctaba eran motivo de grande confusión para los generales; nadie sabía nada; había que esperar los hechos, subordinando todo plan a lo que resultara de los del enemigo, por lo cual el verdadero director de la campaña era Zumalacárregui como jefe de su ejército, dueño absoluto del país en que operaba y de todo el paisanaje navarro.
La mañana del 23 se empleó en organizar la retirada a Estella. La vanguardia debía marchar aquel mismo día hacia Abárzuza. Era probable que los carlistas, repuestos del cansancio y provistos de víveres, atacarían por Arlabia o Echevarri. Manteníase aún bravo y arrogante el ejército cristino, confiando siempre en sus jefes. También él tenía fe en su causa, aunque no la mostrara por modo tan vehemente e infantil como su hermano el faccioso. Se había hecho a la desgracia, soportaba resignado la enemiga y desafecto del país, y sobre esta desventaja hacía recaer la culpa de su vencimiento en aquella jornada.
La última división que quedaba en la cumbre emprendió el descenso por el desfiladero de Goyano, que ofrecía la ventaja sobre el de Artaza de tener una cumbre accesible. Apoderándose de ella, la retirada podía efectuarse en buenas condiciones. Quiso tomar Zumalacárregui la eminencia; pero Valdés, con Aldama y Seoane, anduvieron más listos, y con supremo esfuerzo lograron emplazar en lo más alto dos obuses; hazaña de gigantes que no se creyera si no se la viese con tanta prontitud realizada. No tuvieron los carlistas más remedio que abandonar las posiciones. Zumalacárregui, que personalmente les mandaba, viendo el desaliento de su tropa, les dijo:
—Mejor: dejémosles que bajen, que allá tenemos otra angostura en que les sacudiremos con más comodidad.
En efecto, al descender de Goyano por pendientes llenas de cadáveres, hubieron de sufrir otro ataque en el camino de Abárzuza, en una vuelta del río Urederra. Zumalacárregui reapareció en una altura formidable, donde les hizo más bajas, cogió algunos prisioneros y dos carros. Al anochecer, entraban Seoane y Aldama en Abárzuza con sus tropas más que diezmadas, muertas de fatiga, de hambre y sed. Y lo peor era que al día siguiente tendrían que sostener nuevos encuentros, pues el carlista no cejaba; quería recoger todas las ventajas de su victoria, y acosar hasta en su último refugio a las heroicas cuanto desgraciadas tropas de la reina.
Dos días después entraban en Estella los veinticinco batallones, sin convencerse aún de que había llevado la peor parte la causa que defendían; tristes y fatigados, pero sin dar su brazo a torcer; seguros de poder repetir la hazaña, si sus jefes, con error o sin él, les llevaban a un nuevo combate. La tenacidad, la gallardía caballeresca, componen toda la historia de una raza que, al inclinarse para caer en tierra, ya está pensando en cómo ha de levantarse.