El P. Juan Marcial Besse, de la Orden de San Benito, dice respecto a esta obra[82]: “Los primeros capítulos del segundo libro intentan verdaderamente establecer, contra Ribadeneyra, que los Ejercicios Espirituales no han sido compuestos en Manresa, pues el autor busca y pone de relieve minuciosamente lo que puede haber de común entre el libro de Cisneros y el de San Ignacio.”

“De aquí se deduce esta conclusión: ¿Será preciso encarecer la importancia de la tesis sostenida en esta obra? El buen sentido habrá hallado la razón.”

Esta opinión la han compartido muchos autores, no sólo del siglo XVII, sino de nuestros días. Y así encontramos al P. Bruno Albers, de la Orden de San Benito, que dice: “Y estos mismos jesuítas deben su nacimiento y sus ejercicios a la Orden de San Benito, pues ya en el año 1496 (el autor debió decir el 1500) García, abad del Monte Serrato, publicó un libro de ejercicios, el que después tomó el fundador de los jesuítas, lo cambió un poco y lo dió a sus alumnos y discípulos”[83].

Sin embargo de todo lo expuesto, quien lea el Ejercitatorio[84] podrá ver que si hay algunos lugares comunes a ambos autores, no obstante, se diferencian bastante en el orden y en la exposición, y muchas cosas hay en el libro de los Ejercicios que ni siquiera se mencionan en el Ejercitatorio, como el principio y fundamento, el examen particular, del Reino de Cristo, de las dos vigilias, los tres binarios y todas las demás reglas para escoger el momento oportuno de elección y reforma de vida.

El Ejercitatorio es, como si dijéramos, un libro para guiar a los maestros.

Los Ejercicios, en cambio, sirven para que los maestros puedan guiar, en efecto, pero también pueden guiarse por sí mismos los ejercitantes con sólo leerle y meditarle.

En la Regla de San Benito dice el Padre Pierdet O. S. B.: “Estos ejercicios resultaron maravillosos, pues hasta entonces no eran conocidos y fundados en un sistema en que las eternas verdades de la fe, existen íntimamente unidas e interiormente encadenadas y contienen todo lo que al alma pueda purificar, limpiar, formar y salvarla, y especialmente para llevarla al escalón de la perfección que Dios en ella impuso, y al plan a que ella está llamada a recibir, según predestinación divina”.

El autor de los Ejercicios se inspiró para escribir el capítulo de los tres grados de la humanidad, reduciendo a tres los doce que constituyen, según el Patriarca de los monjes de Occidente, toda la escala de la perfección.

De otros autores a quienes leyera San Ignacio, bien en Loyola o en Manresa, y de los que tomara pensamientos o ideas para su libro, se ha dicho bastante[85], pero como esta reseña biográfica va extendiéndose demasiado, no queremos decir más sobre este punto, terminando con lo siguiente: San Ignacio, cuando escribió este maravilloso libro, carecía de ilustración científica[86] y apenas había leído alguno que otro libro piadoso; por tanto, mal podía tomar pasajes, ideas, pensamientos, sentencias, etc., de libros que no vió, como se le quiere atribuír.

Y, expuestos estos datos biográficos, pasaremos a estudiar su bibliografía.