Y como oyeron aquella amorosa embajada, respondieron que no habian de venir á Tlascala, porque son sus enemigos, porque saben que han dicho dellos y de su señor Montezuma muchos males, y que vamos á su ciudad y salgamos de los términos de Tlascala; y si no hicieren lo que deben, que los tengamos por tales como les enviamos á decir.
Y viendo nuestro capitan que la excusa que decian era muy justa, acordamos de ir allá; y como los caciques de Tlascala vieron que determinadamente era nuestra ida por Cholula, dijeron á Cortés:
—«Pues que así quieres creer á los mejicanos, y no á nosotros, que somos tus amigos, ya te hemos dicho muchas veces que te guardes de los de Cholula y del poder de Méjico: y para que mejor te puedas ayudar de nosotros, te tenemos aparejados diez mil hombres de guerra que vayan en vuestra compañía.»
Y Cortés les dió muchas gracias por ello, é consultó con todos nosotros que no seria bueno que llevásemos tantos guerreros á tierra que habiamos de procurar amistades, é que seria bien que llevásemos dos mil, y estos les demandó, y que los demás que se quedasen en sus casas.
É dejemos esta plática, y diré de nuestro camino.
CAPÍTULO LXXXII.
CÓMO FUIMOS Á LA CIUDAD DE CHOLULA, Y DEL GRAN RECEBIMIENTO QUE NOS HICIERON.
Una mañana comenzamos á marchar por nuestro camino para la ciudad de Cholula, é íbamos con el mayor concierto que podiamos; porque, como otras veces he dicho, adonde esperábamos haber revueltas ó guerras nos apercebiamos muy mejor, é aquel dia fuimos á dormir á un rio que pasa obra de una legua chica de Cholula, adonde está hecha ahora una puente de piedra, é allí nos hicieron unas chozas é ranchos; y esa noche enviaron los caciques de Cholula mensajeros, hombres principales, á darnos el parabien venidos á sus tierras, y trujeron bastimentos de gallinas y pan de su maíz, é dijeron que en la mañana vendrian todos los caciques y papas á nos recebir é á que les perdonasen porque no habian salido luego; y Cortés les dijo con nuestras lenguas doña Marina y Aguilar que se lo agradecia, así por el bastimento que traian como por la buena voluntad que mostraban; é allí dormimos aquella noche con buenas velas y escuchas y corredores del campo.
Y como amaneció, comenzamos á caminar hácia la ciudad; é yendo por nuestro camino, ya cerca de la poblacion nos salieron á recebir los caciques y papas y otros muchos indios, é todos los más traian vestidas unas ropas de algodon de hechura de marlotas, como las traian los indios capotecas; y esto digo á quien las ha visto y ha estado en aquella provincia, porque en aquella ciudad así se usan; é venian muy de paz y de buena voluntad, y los papas traian braseros con incienso, con que zahumaron á nuestro capitan é á los soldados que cerca dél nos hallamos.
É parece ser aquellos papas y principales, como vieron los indios tlascaltecas que con nosotros venian, dijéronselo á doña Marina que se lo dijese á Cortés, que no era bien que de aquella manera entrasen sus enemigos con armas en su ciudad; y como nuestro capitan lo entendió, mandó á los capitanes y soldados y el fardaje que reparásemos; y como nos vió juntos é que no caminaba ninguno, dijo: