Habiéndonos recibido tan solemnemente como habemos dicho, é ciertamente de buena voluntad, sino que segun despues pareció, envió á mandar Montezuma á sus embajadores que con nosotros estaban, que tratasen con los de Cholula que con un escuadron de veinte mil hombres que envió Montezuma, que estuviesen apercebidos para en entrando en aquella ciudad, que todos nos diesen guerra, y de noche y de dia nos acapillasen, é los que pudiesen llevar atados de nosotros á Méjico, que se los llevasen; é con grandes prometimientos que les mandó, y muchas joyas y ropa que entónces les envió, é un atambor de oro; é á los papas de aquella ciudad que habian de tomar veinte de nosotros para hacer sacrificios á sus ídolos; pues ya todo concertado, y los guerreros que luego Montezuma envió estaban en unos ranchos é arcabuezos obra de media legua de Cholula, y otros estaban ya dentro en las casas, y todos puestos á punto con sus armas, hechos mamparos en las azuteas, y en las calles hoyos é albarradas para que no pudiesen correr los caballos, y aun tenian unas casas llenas de varas largas y colleras de cueros, é cordeles con que nos habian de atar é llevarnos á Méjico.

Mejor lo hizo Nuestro Señor Dios, que todo se les volvió al revés; é dejémoslo ahora, é volvamos á decir que, así como nos aposentaron como dicho hemos, é nos dieron muy bien de comer los dias primeros, é puesto que los viamos que estaban muy de paz, no dejábamos siempre de estar muy apercebidos, por la buena costumbre que en ello teniamos, é al tercero dia ni nos daban de comer ni parecia cacique ni papa; é si algunos indios nos venian á ver, estaban apartados, que no llegaban á nosotros; é riéndose como cosa de burla; é como aquello vió nuestro capitan, dijo á doña Marina é Aguilar, nuestras lenguas, que dijese á los embajadores del gran Montezuma, que allí estaban, que mandasen á los caciques traer de comer; é lo que traian era agua y leña, y unos viejos que lo traian decian que no tenian maíz, é que en aquel dia vinieron otros embajadores del Montezuma, é se juntaron con los que estaban con nosotros, é dijeron muy desvergonzadamente é sin hacer acato, que su señor les enviaba á decir que no fuésemos á su ciudad, porque no tenia qué darnos de comer, é que luego se querian volver á Méjico con la respuesta; é como aquello vió Cortés, le pareció mal su plática, é con palabras blandas dijo á los embajadores que se maravillaba de tan gran señor como es Montezuma, tener tantos acuerdos, é que les rogaba que no se fuesen, porque otro dia se querian partir para velle é hacer lo que mandase, y aun me parece que les dió unos sartalejos de cuentas; y los embajadores dijeron que sí aguardarian; y hecho esto, nuestro capitan nos mandó juntar, y nos dijo:

—«Muy desconcertada veo esta gente, estemos muy alerta, que alguna maldad hay entre ellos.»

É luego envió á llamar al cacique é principal, que ya no se me acuerda cómo se llamaba, ó que enviase algunos principales; é respondió que estaba malo é que no podia venir él ni ellos; y como aquello vió nuestro capitan, mandó que de un gran cu que estaba junto de nuestros aposentos le trujésemos dos papas con buenas razones, porque habia muchos en él; trujimos dos dellos sin hacer deshonor, y Cortés les mandó dar á cada uno un chalchihui, que son muy estimados entre ellos, como esmeraldas, é les dijo con palabras amorosas, que por qué causa el cacique y principales é todos los más papas están amedrentados, que los ha enviado á llamar y no habian querido venir; parece ser que el uno de aquellos papas era hombre muy principal entre ellos, y tenia cargo ó mando en todos los más cues de aquella ciudad, que debia de ser á manera de Obispo entre ellos, y le tenian gran acato; é dijo que los que son papas que no tenian temor de nosotros; que si el cacique y principales no han querido venir, que él iria á les llamar, y que como él les hable, que tiene creido que no harán otra cosa y que vendrán; é luego Cortés dijo que fuese en buen hora, y quedase su compañero allí aguardando hasta que viniesen; é fué aquel papa é llamó al cacique é principales, é luego vinieron juntamente con él al aposento de Cortés, y les preguntó con nuestras lenguas doña Marina é Aguilar, que por qué habian miedo é por qué causa no nos daban de comer, y que si reciben pena de nuestra estada en la ciudad, que otro dia por la mañana nos queriamos partir para Méjico á ver é hablar al señor Montezuma, é que le tengan aparejados tamemes para llevar el fardaje é tepuzques, que son las bombardas; é tambien, que luego traigan comida; y el cacique estaba tan cortado, que no acertaba á hablar, y dijo que la comida que la buscarian; mas que su señor Montezuma les ha enviado á mandar que no la diesen, ni queria que pasásemos de allí adelante; y estando en estas pláticas vinieron tres indios de los de Cempoal, nuestros amigos, y secretamente dijeron á Cortés que habian hallado junto adonde estábamos aposentados hechos hoyos en las calles é cubiertos con madera é tierra, que no mirando mucho en ello no se podria ver, é que quitaron la tierra de encima de un hoyo, que estaba lleno de estacas muy agudas para matar los caballos que corriesen, é que las azuteas que las tienen llenas de piedras é mamparos de adobes; y que ciertamente estaban de buen arte, porque tambien hallaron albarradas de maderos gruesos en otra calle; y en aquel instante vinieron ocho indios tlascaltecas de los que dejamos en el campo, que no entraron en Cholula, y dijeron á Cortés:

—«Mira, Malinche, que esta ciudad está de mala manera, porque sabemos que esta noche han sacrificado á su ídolo que es el de la guerra, siete personas, y los cinco dellos son niños, porque les dé victoria contra vosotros; é tambien hemos visto que sacan todo el fardaje é mujeres é niños.»

Y como aquello oyó Cortés, luego los despachó para que fuesen á sus capitanes los tlascaltecas, que estuviesen muy aparejados si los enviásemos á llamar, y tornó á hablar al cacique y papas y principales de Cholula que no tuviesen miedo ni anduviesen alterados, y que mirasen la obediencia que dieron, que no la quebrantasen, que les castigaria por ello; que ya les ha dicho que nos queremos ir por la mañana, que ha menester dos mil hombres de guerra de aquella ciudad que vayan con nosotros, como nos han dado los de Tlascala, porque en los caminos los habrá menester; é dijéronle que sí darian así los hombres de guerra como los del fardaje é demandaron licencias para irse luego á los apercebir, y muy contentos se fueron, porque creyeron que con los guerreros que habian de dar é con las capitanías de Montezuma que estaban en los arcabuezos y barrancas, que allí de muertos ó presos no podriamos escapar, por causa que no podrian correr los caballos; y por ciertos mamparos y albarradas, que dieron luego por aviso á los que estaban en guarnicion que hiciesen á manera de callejon que no pudiésemos pasar, y les avisaron que otro dia habiamos de partir, é que estuviesen muy á punto todos, porque ellos darian dos mil hombres de guerra; é como fuésemos descuidados, que allí harian su presa los unos y los otros, é nos podian atar; é que esto que lo tuviesen por cierto, porque ya habian hecho sacrificios á sus ídolos de guerra y les han prometido la vitoria.

Y dejemos de hablar en ello, que pensaban que seria cierto; é volvamos á nuestro capitan, que quiso saber muy por extenso todo el concierto y lo que pasaba; y dijo á doña Marina que llevase más chalchihuis á los dos papas que habia hablado primero, pues no tenia miedo, é con palabras amorosas les dijese que les queria tornar á hablar Malinche, é que los trujese consigo; y la doña Marina fué y les habló de tal manera, que lo sabia muy bien hacer, y con dádivas vinieron luego con ella; y Cortés les dijo que dijesen la verdad de lo que supiesen, pues eran Sacerdotes de ídolos é principales, que no habian de mentir; é que lo que dijesen, que no seria descubierto por via ninguna, pues que otro dia nos habiamos de partir, é que les daria mucha ropa; é dijeron que la verdad es, que su señor Montezuma supo que íbamos á aquella ciudad, é que cada dia estaba en muchos acuerdos, é que no determinaba bien la cosa; é que unas veces les enviaba á mandar que si allí fuésemos que nos hiciesen mucha honra é nos encaminasen á su ciudad, é otras veces les enviaba á decir que ya no era su voluntad que fuésemos á Méjico: é que ahora nuevamente le han aconsejado su Tezcatepuca y su Huichilóbos, en quien ellos tienen gran devocion, que allí en Cholula los matasen, ó llevasen atados á Méjico.

É que habia enviado el dia ántes veinte mil hombres de guerra, y la mitad están aquí dentro de esta ciudad é la otra mitad están cerca de aquí entre unas quebradas, é que ya tienen aviso que os habeis de ir mañana, y de las albarradas que se mandaron hacer y de los dos mil guerreros que os habemos de dar, é cómo tenian ya hechos conciertos que habian de quedar veinte de nosotros para sacrificar á los ídolos de Cholula.

Y sabido todo esto, Cortés les mandó dar mantas muy labradas, y les rogó que no lo dijesen, porque si lo descubrian, que á la vuelta que volviésemos de Méjico los matarian; é que se querian ir muy de mañana, é que hiciesen venir todos los caciques para hablalles, como dicho les tiene; y luego aquella noche tomó consejo Cortés de lo que habiamos de hacer, porque tenia muy extremados varones y de buenos consejos; y como en tales casos suele acaecer, unos decian que seria bien torcer el camino é irnos para Guaxocingo, otros decian que procurásemos haber paz por cualquiera via que pudiésemos, y que nos volviésemos á Tlascala; otros dimos parecer que si aquellas traiciones dejábamos pasar sin castigo, que en cualquiera parte nos tratarian otras peores y pues que estábamos allí en aquel gran pueblo é habia hartos bastimentos, les diésemos guerra, porque más la sentirian en sus casas que no en el campo, y que luego apercibiésemos á los tlascaltecas que se hallasen en ello.

Y á todos pareció bien este postrer acuerdo, y fué desta manera: que ya que les habia dicho Cortés que nos habiamos de partir para otro dia, que hiciésemos que liábamos nuestro hato, que era harto poco, y que unos grandes patios que habia donde posábamos, estaban con altas cercas, que diésemos en los indios de guerra, pues aquello era su merecido, y que con los embajadores de Montezuma disimulásemos, y les dijésemos que los malos de los cholultecas han querido hacer una traicion, y echar la culpa della á su señor Montezuma, é á ellos mismos como sus embajadores; lo cual no creiamos que tal mandase hacer, y que les rogábamos que se estuviesen en el aposento de nuestro capitan, é no tuviesen más plática con los de aquella ciudad, porque no nos dén que pensar que andan juntamente con ellos en las traiciones, y para que se vayan con nosotros á Méjico por guias; y respondieron que ellos ni su señor Montezuma no saben cosa ninguna de lo que les dicen; y aunque no quisieron, les pusimos guardas porque no se fuesen sin licencia y porque no supiese Montezuma que nosotros sabiamos que él era quien lo habia mandado hacer; é aquella noche estuvimos muy apercebidos y armados, y los caballos ensillados y enfrenados, con grandes velas y rondas, que esto siempre lo teniamos de costumbre, porque tuvimos por cierto que todas las capitanías así de mejicanos como de cholultecas, aquella noche habian de dar sobre nosotros; y una india vieja, mujer de un cacique, como sabia el concierto y trama que tenian ordenado, vino secretamente á doña Marina, nuestra lengua, y como la vió moza y de buen parecer y rica, le dijo y aconsejó que se fuese con ella á su casa si queria escapar la vida, porque ciertamente aquella noche ó otro dia nos habian de matar á todos, porque ya estaba así mandado y concertado por el gran Montezuma, para que entre los de aquella ciudad y los mejicanos se juntasen, y no quedase ninguno de nosotros á vida, ó nos llevasen atados á Méjico; y porque sabe esto, y por mancilla que tenia de la doña Marina, se lo venia á decir, y que tomase todo su hato y se fuese con ella á su casa, y que allí la casaria con un su hijo, hermano de otro mozo que traia la vieja, que la acompañaba.