Y el Montezuma oyó aquella palabra y pesóle en el alma, y cuando vino Cortés á tenelle palacio lo alcanzó á saber, y tomó tanto enojo de ello, que al Pedro Lopez, con ser muy buen soldado, le mandó azotar dentro en nuestros aposentos; y desde allí adelante todos los soldados á quien cabia la vela, con mucho silencio y crianza estaban velando, puesto que no habia menester mandarlo á mí ni á otros soldados de nosotros que le velábamos, sobre este buen comedimiento que con aqueste gran cacique habiamos de tener; y él bien conocia á todos, y sabia nuestros nombres y aun calidades; y era tan bueno, que á todos nos daba joyas, á otros mantas é indias hermosas.

Y como en aquel tiempo era yo mancebo, y siempre que estaba en su guarda ó pasaba delante dél con muy grande acato le quitaba mi bonete de armas, y aun le habia dicho el paje Orteguilla que vine dos veces á descubrir esta Nueva-España primero que Cortés, é yo le habia hablado al Orteguilla que le queria demandar á Montezuma que me hiciese merced de una india hermosa; y como lo supo el Montezuma, me mandó llamar y me dijo:

—«Bernal Diez del Castillo, hánme dicho que teneis motolínea de oro y ropa; yo os mandaré dar hoy una buena moza; tratadla muy bien, que es hija de hombre principal; y tambien os darán oro y mantas.»

Yo le respondí con mucho acato que le besaba las manos por tan gran merced y que Dios nuestro Señor le prosperase; y parece ser preguntó al paje que qué habia respondido, y le declaró la respuesta; y díjole el Montezuma:

—«De noble condicion me parece Bernal Diez;» porque á todos nos sabia los nombres, como tengo dicho; é me mandó dar tres tejuelos de oro é dos cargas de mantas.

Dejemos de hablar de esto, y digamos cómo por la mañana, cuando hacia sus oraciones y sacrificios á los ídolos, almorzaba poca cosa, é no era carne, sino ají, y estaba ocupado una hora en oir pleitos de muchas partes, de caciques que á él venian de léjas tierras.

Ya he dicho otra vez en el capítulo que de ello habla, de la manera que entraban á negociar y el acato que le tenian, y cómo siempre estaban en su compañía en aquel tiempo para despachar negocios veinte hombres ancianos, que eran jueces; y porque está ya referido, no lo torno á referir: y entónces alcanzamos á saber que las muchas mujeres que tenia por amigas, casaba dellas con sus capitanes ó personas principales muy privados, y aun dellas dió á nuestros soldados, y la que me dió á mí era una señora dellas, y bien se pareció en ella, que se dijo doña Francisca; y así se pasaba la vida, unas veces riendo y otras veces pensando en su prision.

Quiero aquí decir, puesto que no vaya á propósito de nuestra relacion, porque me lo han preguntado algunas personas curiosas, que cómo, porque solamente el soldado por mí nombrado llamó perro al Montezuma, aun no en su presencia, le mandó Cortés azotar, siendo tan pocos soldados como éramos, y que los indios tuviesen noticia dello.

Á esto digo que en aquel tiempo todos nosotros, y aun el mismo Cortés, cuando pasábamos delante del gran Montezuma le haciamos reverencia con los bonetes de armas, que siempre traimos quitados, y él era tan bueno y tan bien mirado, que á todos nos hacia mucha honra; que, demás de ser Rey desta Nueva-España, su persona y condicion lo merecia.

Y demás de todo esto, si bien se considera la cosa en que estaban nuestras vidas, sino en solamente mandar á sus vasallos le sacasen de la prision y darnos luego guerra, que en ver su presencia y real franqueza lo hicieran.