—«Id con estos caciques hasta el rio, que estaba de allí un cuarto de legua; é cuando allá llegáredes, haced que os parais á beber é lavar las manos, é tira un tiro con vuestra escopeta, que yo os enviaré á llamar; que esto hago porque crean que somos dioses, ó de aquel nombre y reputacion que nos tienen puesto; y como vos sois mal agestado, crean que sois ídolo.»

Y el Heredia lo hizo segun y de la manera que le fué mandado, porque era hombre que habia sido soldado en Italia; y luego envió Cortés á llamar al cacique gordo é á todos los demás principales que estaban aguardando el ayuda y socorro, y les dijo:

—«Allá envio con vosotros este mi hermano, para que mate y eche todos los culúas de ese pueblo, y me traiga presos á los que no se quisieren ir.»

Y los caciques estaban elevados desque lo oyeron, y no sabian si lo creer ó no, é miraban á Cortés si hacia algun mudamiento en el rostro, que creyeron que era verdad lo que les decia; y luego el viejo Heredia, que iba con ellos, cargó su escopeta, é iba tirando tiros al aire por los montes porque lo oyesen é viesen los indios, y los caciques enviaron á dar mandado á los otros pueblos cómo llevan á un teule para matar á los mejicanos que estaban en Cingapacinga; y esto pongo aquí por cosa de risa, porque vean las mañas que tenia Cortés.

Y cuando entendió que habia llegado el Heredia al rio que le habia dicho, mandó de presto que le fuesen á llamar, y vueltos los caciques y el viejo Heredia, les tornó á decir Cortés á los caciques que por la buena voluntad que les tenia que el propio Cortés en persona con algunos de sus hermanos queria ir á hacelles aquel socorro y á ver aquellas tierras y fortalezas, y que luego le trujesen cien hombres tamemes para llevar los tepuzques, que son los tiros, y vinieron otro dia por la mañana; y habiamos de partir aquel mismo dia con cuatrocientos soldados y catorce de á caballo y ballesteros y escopeteros, que estaban apercebidos; y ciertos soldados que eran de la parcialidad de Diego Velazquez dijeron que no querian ir, y que se fuese Cortés con los que quisiese, que ellos á Cuba se querian volver; y lo que sobre ello se hizo diré adelante.

CAPÍTULO L.

CÓMO CIERTOS SOLDADOS DE LA PARCIALIDAD DE DIEGO VELAZQUEZ, VIENDO QUE DE HECHO QUERIAMOS POBLAR Y COMENZAMOS Á PACIFICAR PUEBLOS, DIJERON QUE NO QUERIAN IR Á NINGUNA ENTRADA, SINO VOLVERSE Á LA ISLA DE CUBA.

Ya me habrán oido decir en el capítulo ántes deste que Cortés habia de ir á un pueblo que se dice Cingapacinga, y habia de llevar consigo cuatrocientos soldados y catorce de á caballo y ballesteros y escopeteros, y tenian puestos en la memoria para ir con nosotros á ciertos soldados de la parcialidad del Diego Velazquez; é yendo los cuadrilleros á apercebirlos que saliesen luego con sus armas y caballos los que los tenian, respondieron soberbiamente que no querian ir á ninguna entrada, sino volverse á sus estancias y haciendas que dejaron en Cuba; que bastaba lo que habian perdido por sacallos Cortés de sus casas, y que les habia prometido en el Arenal que cualquiera persona que se quisiese ir que les daria licencia y navío y matalotaje; y á esta causa estaban siete soldados apercebidos para se volver á Cuba; y como Cortés lo supo, los envió á llamar, y preguntando por qué hacian aquella cosa tan fea, respondieron algo alterados, y dijeron que se maravillaban querer poblar adonde habia tanta fama de millares de indios y grandes poblaciones, con tan pocos soldados como éramos, y que ellos estaban dolientes y hartos de andar de una parte á otra, y que se querian ir á Cuba á sus casas y haciendas; que les diese luego licencia, como se lo habia prometido; y Cortés les respondió mansamente que era verdad que se la prometió, mas que no harian lo que debian en dejar la bandera de su capitan desamparada; y luego les mandó que sin detenimiento ninguno se fuesen á embarcar, y les señaló navío, y les mandó dar cazabe y una botija de aceite y otras legumbres de bastimentos de lo que teniamos.

Y uno de aquellos soldados, que se decia Hulano Moron, vecino de la villa que se decia Delbayamo, tenia un buen caballo overo, labrado de las manos, y le vendió luego bien vendido á un Juan Ruano á trueco de otras haciendas que el Juan Ruano dejaba en Cuba; é ya que se querian hacer á la vela, fuimos todos los compañeros é alcaldes y regidores de nuestra Villa-Rica á requerir á Cortés que por via ninguna no diese licencia á persona ninguna para salir á tierra, porque así convenia al servicio de Dios nuestro Señor y de su majestad; y que la persona que tal licencia pidiese, por hombre que merecia pena de muerte, conforme á las leyes de la órden militar, pues quieren dejar á su capitan y bandera desamparada en la guerra é peligro, en especial habiendo tanta multitud de pueblos de indios guerreros como ellos han dicho: y Cortés hizo como que les queria dar la licencia, mas á la postre se la revocó, y se quedaron burlados y aun avergonzados, y el Moron su caballo vendido, y el Juan Ruano, que lo hubo, no se lo quiso volver, y todo fué maneado por Cortés, y fuimos nuestra entrada á Cingapacinga.

CAPÍTULO LI.