»Y pues que ya viamos que el capitan Xicotenga ni sus capitanías no parecian, y que de miedo no debian de osar volver, porque les debiéramos de hacer mala obra en las batallas pasadas, y que no podria juntar sus gentes, habiendo sido ya desbaratado tres veces, y que por esta causa tenia confianza en Dios y en su abogado señor San Pedro, que era fenecida la guerra de aquella provincia; y ahora, como habeis visto, traen de comer los de Cimpacingo y quedan de paz, y estos nuestros vecinos que están por aquí poblados en sus casas; y que en cuanto dar con los navíos al través, fué muy bien aconsejado, y que si no llamó á alguno dellos al consejo, como á otros caballeros, fué por lo que sintió en el arenal, que no lo quisiera ahora traer á la memoria; y que el acuerdo y consejo que ahora le dan y el que entónces le dieron es todo de una manera y todo uno, y que miren que hay otros muchos caballeros en el real que serán muy contrarios de lo que ahora piden y aconsejan, y que encaminemos siempre todas las cosas á Dios, y seguillas en su santo servicio será mejor.

»Y á lo que, señores, decis, que jamás capitanes romanos de los muy nombrados han acometido tan grandes hechos como nosotros, vuestras mercedes dicen verdad. É ahora en adelante, mediante Dios, dirán en las historias que desto harán memoria, mucho más que de los antepasados; pues, como he dicho, todas nuestras cosas en servicio de Dios y nuestro gran Emperador don Cárlos, y aun debajo de su recta justicia y cristiandad, serán ayudadas de la misericordia de Nuestro Señor, y nos sosterná que vamos de bien en mejor.

»Así que, señores, no es cosa bien acertada volver un paso atrás; que si nos viesen volver estas gentes y los que dejamos atrás de paz, las piedras se levantarian contra nosotros; y como ahora nos tienen por dioses y ídolos, que así nos llaman, nos juzgarian por muy cobardes y de pocas fuerzas.

»Y á lo que decis de estar entre los amigos totonaques, nuestros aliados, si nos viesen que damos vuelta sin ir á Méjico se levantarian contra nosotros, y la causa dello seria que, como les quitamos que no diesen tributo á Montezuma, enviaria sus poderes mejicanos contra ellos para que los tornasen á tributar y sobre ello dalles guerra, y aun les mandaria que nos la dén á nosotros; y ellos, por no ser destruidos, porque les temen en gran manera, lo pornian por la obra; así que, donde pensábamos tener amigos, serian enemigos; pues desque lo supiese el gran Montezuma que nos habiamos vuelto, ¿qué diria? ¿En qué ternia nuestras palabras ni lo que le enviamos á decir? Que todo era cosa de burla ó juego de niños.

»Así que, señores, mal allá y peor acullá, más vale que estemos aquí donde estamos, que es bien llano y todo bien poblado, y este nuestro real bien bastecido: unas veces gallinas, otras perros, gracias á Dios no falta de comer, si tuviésemos sal, que es la mayor falta que al presente tenemos, y ropa para guarecernos del frio.

»Y á lo que decis, señores, que se han muerto desde que salimos de la isla de Cuba cincuenta y cinco soldados de heridas, hambres, frios, dolencias y trabajos, é que somos pocos, é todos heridos y dolientes, Dios nos da esfuerzo por muchos; porque vista cosa es que las guerras gastan hombres y caballos, y que unas veces comemos bien, y no venimos al presente para descansar, sino para pelear cuando se ofreciere; por tanto os pido, señores, por merced, que pues sois caballeros y personas que ántes habíades esforzar á quien viésedes mostrar flaqueza, que de aquí adelante se os quite del pensamiento la isla de Cuba y lo que allá dejais, y procuremos de hacer lo que siempre habeis hecho como buenos soldados; que despues de Dios, que es nuestro socorro é ayuda, han de ser nuestros valerosos brazos.»

Y como Cortés hubo dado esta respuesta, volvieron aquellos soldados á repetir en la plática, y dijeron que todo lo que decia estaba bien dicho; mas que cuando salimos de la villa que dejábamos poblada, nuestro intento era, y ahora lo es, de ir á Méjico, pues hay tan gran fama de tan fuerte ciudad y tan multitud de guerreros, y que aquellos tlascaltecas decian que los de Cempoal eran pacíficos, y no habia fama dellos, como de los de Méjico; y habemos estado tan á riesgo nuestras vidas, que si otro dia nos dieran otra batalla como alguna de las pasadas, ya no nos podiamos tener de cansados, ya que no nos diesen más guerras; que la ida de Méjico les parecia muy terrible cosa, y que mirase lo que decia y ordenaba.

Y Cortés respondió, medio enojado, que valía más morir por buenos, como dicen los cantares, que vivir deshonrados; y demás desto que Cortés les dijo, todos los más soldados que le fuimos en alzar capitan y dimos consejo sobre dar al través con los navíos, dijimos en alta voz que no curase de corrillos ni de oir semejantes pláticas, sino que con el ayuda de Dios con buen concierto estemos apercebidos para hacer lo que convenga, y así cesaron todas las pláticas; verdad es que murmuraban de Cortés é le maldecian, y aun de nosotros, que le aconsejábamos, y de los de Cempoal, que por tal camino nos trujeron, y decian otras cosas no bien dichas; mas en tales tiempos se disimulaban.

En fin, todos obedecieron muy bien.

Y dejaré de hablar en esto, y diré cómo los caciques viejos de la cabecera de Tlascala enviaron otra vez mensajeros de nuevo á su capitan general Xicotenga, que en todo caso no nos dé guerra, y que vaya de paz luego á nos ver y llevar de comer, porque así está ordenado por todos los caciques y principales de aquella tierra y de Guaxocingo; y tambien enviaron á mandar á los capitanes que tenia en su compañía que si no fuese para tratar paces, que en cosa ninguna le obedeciesen; y esto le tornaron á enviar á decir tres veces, porque sabian cierto que no les queria obedecer, y tenia determinado el Xicotenga que una noche habia de dar otra vez en nuestro real, porque para ello tenia juntos veinte mil hombres; y como era soberbio y muy porfiado, así ahora como las otras veces no quiso obedecer.