Y cuando hubo venido delante de Cortés y hecho su acato, le dijo:
—«¿Qué manda vuestra merced?»
Y Cortés, como hablaba algunas veces muy meloso y con la risa en la boca, le dijo medio riendo:
—«Á lo que, señor Juan Velazquez, le hice llamar es, que me dijo Andrés de Duero que dice Narvaez, y en todo su real hay fama, que si vuestra merced va allá, que luego yo soy deshecho y desbaratado, porque creen que se ha de hacer con Narvaez; y á esta causa he acordado que por mi vida, si bien me quiere, que luego se vaya en su buena yegua rucia, y que lleve todo su oro y la fanfarrona (que era muy pesada cadena de oro), y otras cositas que yo le daré, que dé allá por mí á quien yo le dijere; y su fanfarrona de oro, que pesa mucho, llevará al hombro, y otra cadena que pesa más que ella llevará con dos vueltas, y allá verá qué le quiere Narvaez; y en viniendo que se venga, luego irán allá el Sr. Diego de Ordás, que le desean ver en su real, como mayordomo que era del Diego Velazquez.»
Y el Juan Velazquez respondió que él haria lo que su merced mandaba, mas que su oro ni cadenas que no las llevaria consigo, salvo lo que le diese para dar á quien mandase; porque donde su persona estuviere, es para le siempre servir, más que cuanto oro ni piedras de diamantes puede haber.
—«Ansí lo tengo yo creido, dijo Cortés, y con esta confianza, señor, le envio; mas si no lleva todo su oro y joyas, como le mando, no quiero que vaya allá.»
Y el Juan Velazquez respondió:
—«Hágase lo que vuestra merced mandare.»
Y no quiso llevar las joyas, y Cortés allí le habló secretamente, y luego se partió, y llevó en su compañía á un mozo de espuelas de Cortés para que le sirviese, que se decia Juan del Rio.
Y dejemos desta partida de Juan Velazquez, que dijeron que lo envió Cortés por descuidar á Narvaez, y volvamos á decir lo que en nuestro real pasó: que dende á dos horas que se partió el Juan Velazquez, mandó Cortés tocar el atambor á Canillas, que ansí se llamaba nuestro atambor, y á Benito de Veguer, nuestro pífaro, que tocase su tamborino, y mandó á Gonzalo de Sandoval, que era capitan y alguacil mayor, que llamase á todos los soldados, y comenzásemos á marchar luego á paso largo camino de Cempoal; é yendo por nuestro camino se mataron dos puercos de la tierra, que tienen el ombligo en el espinazo, y dijimos muchos soldados que era señal de vitoria; y dormimos en un repecho cerca de un riachuelo, y sendas piedras por almohadas, como lo teniamos por costumbre, y nuestros corredores del campo adelante, y espías y rondas; y cuando amaneció, caminamos por nuestro camino derecho, y fuimos á hora de medio dia á un rio, adonde está ahora poblada la villa rica de la Veracruz, donde desembarcan las barcas con mercaderías que vienen de Castilla; porque en aquel tiempo estaban pobladas junto al rio unas casas de indios y arboledas; y como en aquella tierra hace grandísimo sol, reposamos allí, como dicho tengo, porque traiamos nuestras armas y picas.