Una cosa he pensado despues acá, que jamás nos dijo tengo tal concierto en el real hecho, ni Fulano ni Zutano es en nuestro favor, ni cosa ninguna destas, sino que peleásemos como varones; y esto de no decirnos que tenia amigos en el real de Narvaez fué de muy cuerdo capitan, que por aquel efeto no dejásemos de batallar como esforzados, y no tuviésemos esperanza en ellos, sino, despues de Dios, en nuestros grandes ánimos.

Dejemos desto, y digamos cómo cada uno de los capitanes por mí nombrados estaban con los soldados señalados, poniéndose esfuerzo unos á otros.

Pues mi capitan Pizarro, con quien habiamos de tomar la artillería, que era la cosa de más peligro, y habiamos de ser los primeros que habiamos de romper hasta los tiros, tambien decia con mucho esfuerzo cómo habiamos de entrar y calar nuestras picas hasta tener la artillería en nuestro poder, y cuando se la hubiésemos tomado, que con ella misma mandó á nuestros artilleros, que se decian Mesa y el siciliano Aruega, que con las pelotas que estuviesen por descargar se diese guerra á los del aposento de Salvatierra.

Tambien quiero decir la gran necesidad que teniamos de armas, que por un peto ó capacete ó casco ó babera de hierro diéramos aquella noche cuanto nos pidieran por ello y todo cuanto habiamos ganado; y luego secretamente nos nombraron el apellido que habiamos de tener estando batallando, que era Espíritu Santo, Espíritu Santo; que esto se suele hacer secreto en las guerras porque se conozcan y apelliden por el nombre, que no lo sepan unos contrarios de otros; y los de Narvaez tenian su apellido y voz Santa María, Santa María.

Ya hecho todo esto, como yo era gran amigo y servidor del capitan Sandoval, me dijo aquella noche que me pedia por merced que cuando hubiésemos tomado el artillería, si quedaba con la vida, siempre me hablase con él y le siguiese; é yo le prometí, é así lo hice, como adelante verán.

Digamos ahora en qué se entendió un rato de la noche, sino en aderezar y pensar en lo que teniamos por delante, pues para cenar no teniamos cosa ninguna; y luego fueron nuestros corredores del campo, y se puso espías y velas á mí y á otros dos soldados, y no tardó mucho, cuando viene un corredor del campo á me preguntar que si he sentido algo, é yo dije que no; y luego vino un cuadrillero, y dijo que el Galleguillo que habia venido del real de Narvaez no parecia, y que era espía echada del Narvaez; é que mandaba Cortés que luego marchásemos camino de Cempoal, é oimos tocar nuestro pífaro y atambor, y los capitanes apercibiendo sus soldados, y comenzamos á marchar; y al Galleguillo hallaron debajo de unas mantas durmiendo; que, como llovió y el pobre no era acostumbrado á estar al agua ni frios, metióse allí á dormir.

Pues yendo nuestro paso tendido, sin tocar pífaro ni atambor, que luego mandó Cortés que no tocasen, y nuestros corredores del campo descubriendo la tierra, llegamos al rio, donde estaban las espías de Narvaez, que ya he dicho que se decian Gonzalo Carrasco é Hurtado, y estaban descuidados, que tuvimos tiempo de prender al Carrasco, y el otro fué dando voces al real de Narvaez y diciendo:

—«Al arma, al arma, que viene Cortés.»

Acuérdome que cuando pasábamos aquel rio, como llovia, venia un poco hondo, y las piedras resbalaban algo, y como llevábamos á cuestas las picas y armas, nos hacia mucho estorbo; y tambien me acuerdo cuando se prendió á Carrasco decia á Cortés á grandes voces:

—«Mira, señor Cortés, no vayas allá; que juro á tal que está Narvaez esperándoos en el campo con todo su ejército.»