Por manera que negra la ventura de Narvaez, y más prieta la muerte de tanta gente sin ser cristianos.

Dejemos ahora todo esto, y digamos cómo los vecinos de la Villa-Rica, que habian quedado poblados, que no fueron á Méjico, demandaron á Cortés las partes del oro que les cabia, y dijeron á Cortés que, puesto que allí les mandó quedar en aquel puerto y villa, que tambien servian allí á Dios y al Rey como los que fuimos á Méjico, pues entendian en guardar la tierra y hacer la fortaleza, y algunos dellos se hallaron en lo de Almería, que aun no tenian sanas las heridas, y que todos los más se hallaron en la prision de Narvaez, y que les diesen sus partes; y viendo Cortés que era muy justo lo que decian, dijo que fuesen dos hombres principales vecinos de aquella villa con poder de todos, y que lo tenia apartado, y que se lo darian; y paréceme que les dijo que en Tlascala estaba guardado, que esto no me acuerdo bien; é así, luego despacharon de aquella villa dos vecinos por el oro y sus partes, y el principal se decia Juan de Alcántara el viejo.

Y dejemos de platicar en ello, y despues diremos lo que sucedió al Alcántara y al otro; y digamos cómo la adversa fortuna vuelve de presto su rueda, que á grandes bonanzas y placeres siguen las tristezas; y es que en este instante vienen nuevas que Méjico estaba alzado, y que Pedro de Albarado está cercado en su fortaleza y aposento, y que le ponian fuego por todas partes en la misma fortaleza, y que le han muerto siete soldados, y que estaban otros muchos heridos; y enviaba á demandar socorros con mucha instancia y priesa; y esta nueva trujeron dos tlascaltecas sin carta ninguna, y luego vino una carta con otros tlascaltecas que envió el Pedro de Albarado, en que decia lo mismo.

Y cuando aquella tan mala nueva oimos, sabe Dios cuánto nos pesó, y á grandes jornadas comenzamos á caminar para Méjico, y quedó preso en la Villa-Rica el Narvaez y el Salvatierra, y por teniente y capitan paréceme que quedó Rodrigo Rangel, que tuviese cargo de guardar al Narvaez y de recoger muchos de los de Narvaez que estaban enfermos.

Y tambien en este instante, ya que queriamos partir, vinieron cuatro grandes principales que envió el gran Montezuma ante Cortés á quejarse del Pedro de Albarado, y lo que dijeron llorando con muchas lágrimas de sus ojos fué, que Pedro de Albarado salió de su aposento con todos los soldados que le dejó Cortés, y sin causa ninguna dió en sus principales y caciques, que estaban bailando y haciendo fiesta á sus ídolos Huichilóbos y Tezcatepuca, con licencia que para ello les dió el Pedro de Albarado, é que mató é irió muchos dellos, y que por se defender le mataron seis de sus soldados.

Por manera que daban muchas quejas del Pedro de Albarado; y Cortés les respondió á los mensajeros algo desabrido, é que él iria á Méjico y pornia remedio en todo; y así, fueron con aquella respuesta á su gran Montezuma, y dicen la sintió por muy mala y hubo enojo della.

Y asimismo luego despachó Cortés cartas para Pedro de Albarado, en que le envió á decir que mirase que el Montezuma no se soltase, é que íbamos á grandes jornadas; y le hizo saber de la vitoria que habiamos habido contra Narvaez; lo cual ya sabia el gran Montezuma.

Y dejallo hé aquí, y diré lo que más adelante pasó.

CAPÍTULO CXXV.

CÓMO FUIMOS GRANDES JORNADAS, ASÍ CORTÉS CON TODOS SUS CAPITANES COMO TODOS LOS DE NARVAEZ, EXCEPTO PÁNFILO DE NARVAEZ, Y SALVATIERRA, QUE QUEDABAN PRESOS.