Pues como no teniamos pez para brear, ni aun los indios lo sabian hacer, mandó Cortés á cuatro hombres de la mar, que sabian de aquel oficio, que en unos pinares cerca de Guaxocingo, que los hay buenos, fuesen á hacer la pez.

Pasemos adelante, puesto que no va muy á propósito de la materia en que estaba hablando, que me han preguntado ciertos caballeros curiosos, que conocian muy bien á Alonso de Ávila, que cómo, siendo capitan y muy esforzado, y era contador de la Nueva-España, y siendo belicoso y de su inclinacion más para guerra que no ir á solicitar negocios con los frailes jerónimos que estaban por gobernadores de todas las islas, ¿por qué causa le envió Cortés, teniendo otros hombres que estaban más acostumbrados á negocios, como era un Alonso de Grado ó un Juan de Cáceres el rico, y otros que me nombraron? Á esto digo que Cortés le envió al Alonso de Ávila porque sintió dél ser muy varon, y porque osaria responder por nosotros conforme á justicia; y tambien le envió por causa que, como el Alonso de Ávila habia tenido diferencias con otros capitanes, y tenia gran atrevimiento de decir á Cortés cualquiera cosa que veia que convenia decille, y por escusar ruidos y por dar la capitanía que tenia á Andrés de Tapia, y la contaduría á Alonso de Grado, como luego se la dió, por estas razones le envió.

Volvamos á nuestra relacion: pues viendo Cortés que ya era cortada la madera para los bergantines, y se habian ido á Cuba las personas por mí nombradas, que eran los de Narvaez, que los teniamos por sobre huesos, especialmente poniendo temores que siempre nos ponian, que no seriamos bastantes para resistir el gran poder de mejicanos, cuando oian que deciamos que habiamos de ir á poner cerco sobre Méjico; y libres de aquellos temores, acordó Cortés que fuésemos con todos nuestros soldados á Tezcuco, é sobre ello hubo grandes y muchos acuerdos; porque unos soldados decian que era mejor sitio y acequias y zanjas para hacer los bergantines, en Ayocingo, junto á Chalco, que no en la zanja y estero de Tezcuco; y otros porfiaban que mejor seria en Tezcuco, por estar en parte y sitio y cerca de muchos pueblos; y que teniendo aquella ciudad por nosotros, desde allí hariamos entradas en las tierras comarcanas de Méjico; y puestos en aquella ciudad, tomariamos el mejor parecer como sucediesen las cosas.

Pues ya que estaba acordado lo por mí dicho, viene nueva y cartas, que trujeron tres soldados, de cómo habia venido á la Villa-Rica un navío de Castilla y de las islas de Canaria, de buen porte, cargado de muchas ballestas y tres caballos, é muchas mercaderías, escopetas, pólvora é hilo de ballestas, y otras armas; y venia por señor de la mercadería y navío un Juan de Búrgos, y por maestre un Francisco Medel, y venian trece soldados; y con aquella nueva nos alegramos en gran manera, y si de ántes que supiésemos del navío nos dábamos priesa en la partida para Tezcuco, mucho más nos dimos entónces, porque luego le envió Cortés á comprar todas las armas y pólvora y todo lo más que traia, y aun el mismo Juan de Búrgos y el Medel y todos los pasajeros que traia se vinieron luego para donde estábamos; con los cuales recibimos contento, viendo tan buen socorro y en tal tiempo.

Acuérdome que entónces vino un Juan del Espinar, vecino que fué de Guatimala, persona que fué muy rico; y tambien vino un Sagredo, tio de una mujer que se decia la Sagreda, que estaba en Cuba, naturales de la villa de Medellin; tambien vino un vizcaino que se decia Monjaraz, tio que decia ser de Andrés de Monjaraz y Gregorio de Monjaraz, soldados que estaban con nosotros, y padre de una mujer que despues vino á Méjico, que se decia la Monjaraza, muy hermosa mujer.

He traido aquí esto á la memoria por lo que adelante diré, y es que jamás fué el Monjaraz á guerra ninguna ni entrada con nosotros, porque andaba doliente en aquel tiempo; é ya que estaba muy bueno y sano é presumia de muy valiente soldado, cuando teniamos puesto cerco á Méjico dijo el Monjaraz que queria ir á ver cómo batallábamos con los mejicanos; porque no tenia á los mejicanos ni á otros indios por valientes; y fué, y se subió en un alto cu, como torrecilla, y nunca supimos, cómo ni de qué manera le mataron indios en aquel mismo dia, y muchas personas dijeron, que le habian conocido en la isla de Santo Domingo, que fué permision divina que muriese aquella muerte, porque habia muerto á su mujer, muy honrada y buena y hermosa, sin culpa ninguna, y que buscó testigos falsos que juraron que le hacia maleficio.

Quiero dejar ya de contar cosas pasadas, y digamos cómo fuimos á la ciudad de Tezcuco, y lo que más pasó.

CAPÍTULO CXXXVII.

CÓMO CAMINAMOS CON TODO NUESTRO EJÉRCITO CAMINO DE LA CIUDAD DE TEZCUCO, Y LO QUE EN EL CAMINO NOS AVINO, Y OTRAS COSAS QUE PASARON.

Como Cortés vió tan buena prevencion, así de escopetas y pólvora y ballestas y caballos, y conoció de todos nosotros, así capitanes como soldados, el gran deseo que teniamos de estar ya sobre la gran ciudad de Méjico, acordó de hablar á los caciques de Tlascala para que le diesen diez mil indios de guerra que fuesen con nosotros aquella jornada hasta Tezcuco, que es una de las mayores ciudades que hay en toda la Nueva-España, despues de Méjico; y como se lo demandó y les hizo un buen parlamento sobre ello, luego Xicotenga el viejo, que en aquella sazon se habia vuelto cristiano y se llamó don Lorenzo de Vargas, como dicho tengo, dijo que le placia de buena voluntad, no solamente diez mil hombres, sino muchos más si los querian llevar, y que iria por capitan dellos otro cacique muy esforzado é nuestro gran amigo que se decia Chichimeclatecle, y Cortés le dió las gracias por ello; y despues de hecho nuestro alarde, que ya no me acuerdo bien qué tanta copia éramos, así de soldados como de los demás, un dia despues de la Pascua de Navidad del año de 1520 años comenzamos á caminar con mucho concierto, como lo teniamos de costumbre.