—«Señor capitan, no esté vuestra merced tan triste; que en las guerras estas cosas suelen acaecer, y no se dirá por vuestra merced:
Mira Nero, de Tarpeya,
Á Roma cómo se ardia.»
Y Cortés le dijo que ya veia cuántas veces habia enviado á Méjico á rogalles con la paz, y que la tristeza no la tenia por sola una cosa, sino en pensar en los grandes trabajos en que nos habiamos de ver hasta tornar á señorear, y que con la ayuda de Dios presto lo porniamos por la obra.
Dejemos estas pláticas y romances, pues no estábamos en tiempo dellos, y digamos cómo se tomó parecer entre nuestros capitanes y soldados si dariamos una vista á la calzada, pues estaba tan cerca de Tacuba, donde estábamos; y como no habia pólvora ni muchas saetas, y todos los más soldados de nuestro ejército heridos, acordándosenos que otra vez, poco más habia de un mes, que Cortés les probó á entrar en la calzada con muchos soldados que llevaba, y estuvo en gran peligro; porque temió ser desbaratado, como dicho tengo en el capítulo pasado que dello habla; y fué acordado que luego nos fuésemos nuestro camino, por temor no tuviésemos en ese dia ó en la noche alguna refriega con los mejicanos; porque Tacuba está muy cerca de la gran ciudad de Méjico, y con la llevada que entónces llevaron vivos de los soldados no enviase Guatemuz sus grandes poderes contra nosotros; y comenzamos á caminar, y pasamos por Escapuzalco y hallámosle despoblado, y luego fuimos á Tenayuca, que era gran pueblo, que le soliamos llamar el pueblo de las Sierpes.
Ya he dicho otra vez, en el capítulo que dello habla, que tenian tres sierpes en el oratorio mayor en que adoraban, y las tenian por sus ídolos, y tambien estaban despoblados; y desde allí fuimos á Guatitlan, y en todo este dia no dejó de llover muy grandes aguaceros, y como íbamos con nuestras armas á cuestas, que jamás las quitábamos de dia ni de noche, y con la mucha agua y del peso dellas íbamos quebrantados, y llegamos ya que anochecia á aquel gran pueblo, y tambien estaba despoblado, y en toda la noche no dejó de llover, y habia grandes lodos, y los naturales dél y otros escuadrones mejicanos nos daban tanta grita de noche desde unas acequias y partes que no les podiamos hacer mal; y como hacia muy escuro y llovia, no se podian poner velas ni rondas, y no hubo concierto ninguno ni acertábamos con los puestos; y esto digo porque á mí me pusieron para velar la prima, y jamás acudió á mi puesto ni cuadrillero ni rondas, y así se hizo en todo el real.
Dejemos deste descuido, y tornemos á decir que otro dia fuimos camino de otra gran poblacion, que no me acuerdo el nombre, y habia grandes lodos en él, y hallámosla despoblada; y otro dia pasamos por otros pueblos y tambien estaban despoblados; y otro dia llegamos á un pueblo que se dice Aculman, sujeto de Tezcuco; y como supieron en Tezcuco cómo íbamos, salieron á recebir á Cortés, é vinieron muchos españoles que habian venido entónces de Castilla.
Y tambien vino á recebirnos el capitan Gonzalo de Sandoval con muchos soldados, y juntamente el señor de Tezcuco, que ya he dicho que se decia don Fernando; y se hizo á Cortés buen recebimiento, así de los nuestros como de los recien venidos de Castilla, y muchos más de los naturales de los pueblos comarcanos; pues trujeron de comer, y luego esa noche se volvió á Sandoval á Tezcuco con todos sus soldados á poner en cobro su real.
Y otro dia por la mañana fué Cortés con todos nosotros camino de Tezcuco; y como íbamos cansados y heridos, y dejábamos muertos nuestros soldados y compañeros, y sacrificados en poder de los mejicanos, en lugar de descansar y curar nuestras heridas, tenian ordenada una conjuracion ciertas personas de calidad, de la parcialidad de Narvaez, de matar á Cortés y á Gonzalo de Sandoval é á Pedro de Alvarado é Andrés de Tapia.
Y lo que más pasó diré adelante.