Pues desque aquello vió y entendió el Chichimeclatecle, cuyas eran las tierras y vasallos que iba á tomar, vuelve del camino más que de paso, é viene á Tezcuco á hacérselo saber á Cortés; é como Cortés lo supo, mandó que con brevedad fuesen cinco principales de Tezcuco y otros dos de Tlascala, amigos de Xicotenga, á hacelle volver del camino, y le dijesen que Cortés le rogaba que luego se volviese para ir contra sus enemigos los mejicanos, y que mire que su padre D. Lorenzo de Vargas, si no fuera viejo y ciego, como estaba, viniera sobre Méjico; y que pues toda Tlascala fueron y son muy leales servidores de su majestad, que no quiera él infamarlos con lo que ahora hace, y le envió á hacer muchos prometimientos y promesas, y que le daria oro y mantas porque volviese; y la respuesta que le envió á decir fué, que si el viejo de su padre y Masse-Escaci le hubieran creido, que no se hubieran señoreado tanto dellos, que les hace hacer todo lo que quiere; y por no gastar más palabras, dijo que no queria venir.

Y como Cortés supo aquella respuesta, de presto dió un mandamiento á un alguacil, y con cuatro de á caballo y cinco indios principales de Tezcuco que fuesen muy en posta, y donde quiera que lo alcanzasen que lo ahorcasen; é dijo:

—«Ya en este cacique no hay enmienda, sino que siempre nos ha de ser traidor y malo y de malos consejos;» y que no era tiempo para más le sufrir, que bastaba lo pasado y presente.

Y como Pedro de Albarado lo supo, rogó mucho por él, y Cortés ó le dió buena respuesta ó secretamente mandó al alguacil é á los de á caballo que no le dejasen con la vida; y así se hizo, que en un pueblo sujeto á Tezcuco le ahorcaron, y en esto hubieron de parar sus traiciones.

Algunos tlascaltecas hubo que dijeron que su padre D. Lorenzo de Vargas envió á decir á Cortés que aquel su hijo era malo y que no se confiase dél, y que procurase de le matar.

Dejemos esta plática así, y diré que por esta causa nos detuvimos aquel dia sin salir de Tezcuco; y otro dia, que fueron 13 de Mayo de 1521 años, salimos entrambas capitanías juntas; porque así Cristóbal de Olí como Pedro de Albarado habiamos de llevar un camino, y fuimos á dormir á un pueblo sujeto de Tezcuco, que se dice Aculma; y pareció ser que Cristóbal de Olí envió adelante á aquel pueblo á tomar posada, y tenia puesto en cada casa por señal ramos verdes encima de las azuteas; y cuando llegamos con Pedro de Albarado no hallamos donde posar, y sobre ello ya habiamos echado mano á las armas de los de nuestra capitanía contra los de Cristóbal de Olí, y aun los capitanes desafiados, y no faltó caballeros de entrambas partes que se metieron entre nosotros, y se pacificó algo el ruido, y no tanto, que todavía estábamos todos resabidos: y desde allí lo hicieron saber á Cortés, y luego envió en posta á fray Pedro Melgarejo y al capitan Luis Marin, y escribió á los capitanes y á todos nosotros, reprendiéndonos por la cuestion y persuadiéndonos la paz; y como llegaron nos hicieron amigos; mas desde allí adelante no se llevaron bien los capitanes, que fué Pedro de Albarado y Cristóbal de Olí.

Y otro dia fuimos caminando entrambas las capitanías juntas, y fuímonos á dormir á un gran pueblo que estaba despoblado, porque ya era tierra de mejicanos; y otro dia fuimos nuestro camino tambien á dormir á otro gran pueblo que se decia Guatitlan, que otras veces he nombrado, y tambien estaba sin gente; é otro dia pasamos por otros dos pueblos, que se decian Tenayuca y Escapuzalco, y tambien estaban despoblados; y asimismo se aposentaron todos nuestros amigos los tlascaltecas, y aun aquella tarde fueron por las estancias de aquellas poblaciones y trujeron de comer, y con buenas velas y escuchas y corredores del campo, como siempre teniamos para que no nos cogiesen desapercebidos, dormimos aquella noche, porque ya he dicho otras veces que la ciudad de Méjico está junto á Tacuba; é ya que anochecia oimos grandes gritas que nos daban desde la laguna, diciéndonos muchos vituperios y que no éramos hombres para salir á pelear con ellos; y tenian tantas de las canoas llenas de guerreros, y aquellas palabras que nos decian eran con pensamiento de nos indignar para que saliésemos aquella noche á guerrear, y herirnos más á su salvo; y como estábamos escarmentados de lo de las calzadas y puentes muchas veces por mí nombradas, no quisimos salir hasta otro dia, que fué domingo, despues de haber oido Misa, que nos la dijo el Padre Juan Diaz; y despues de nos encomendar á Dios, acordamos que entrambas capitanías juntas fuésemos á quebrar el agua de Chalputepeque, de que se proveia la ciudad, que estaba desde allí de Tacuba aun en media legua.

É yendo á les quebrar los caños, topamos muchos guerreros, que nos esperaban en el camino; porque bien entendido tenian que aquello habia de ser lo primero en que los podriamos dañar; y así como nos encontraron cerca de unos pasos malos comenzaron á nos flechar y tirar vara y piedra con hondas, é nos hirieron á tres soldados; más de presto les hicimos volver las espaldas, y nuestros amigos los de Tlascala los siguieron de manera, que mataron veinte y prendieron siete ú ocho dellos; y como aquellos grandes escuadrones estuvieron puestos en huida, les quebramos los caños por donde iba el agua á su ciudad, y desde entónces nunca fué á Méjico entre tanto que duró la guerra.

Y como aquello hubimos hecho, acordaron nuestros capitanes que luego fuésemos á dar una vista y entrar por la calzada de Tacuba y hacer lo que pudiésemos para les ganar una puente; y llegados que fuimos á la calzada, eran tantas las canoas que en la laguna estaban llenas de guerreros y en las mismas canoas é calzadas, que nos admirábamos dello; y tiraron tanta de vara y flecha y piedra con hondas, que en la primera refriega hirieron treinta de nuestros soldados é murieron tres; y aunque nos hacian tanto daño, todavía les fuimos entrando por la calzada adelante hasta una puente, y á lo que yo entendí, ellos nos daban lugar á ello, por meternos de la parte de la puente; y como allí nos tuvieron, digo que cargaron tanta multitud de guerreros sobre nosotros, que no nos podiamos valer; porque por la calzada dicha, que son ocho pasos de ancho, ¿qué podiamos hacer á tan gran poderio que estaban de la una parte y de la otra de la calzada y daban en nosotros como á terrero? Porque ya que nuestros escopeteros y ballesteros no hacian sino armar y tirar á las canoas, no les haciamos daño, sino muy poco, porque las traian muy bien armadas de talabardones de madera.

Pues cuando arremetiamos á los escuadrones que peleaban en la misma calzada luego se echaban al agua, y habia tantos dellos, que no nos podiamos valer.