Miren los letores qué Pascua podiamos tener sin comer, que con maíz fuéramos muy contentos.

Pues como aquesto vió Cortés, luego envió de sus criados y mozos de espuelas, con las guias, á buscar por los montes y barrancos maíz: el primer dia de Pascua trujieron obra de una hanega; y como vió la gran necesidad, mandó llamar ciertos soldados, todos los más vecinos de Guacacualco, y entre ellos me nombró á mí, y nos dijo que nos rogaba mucho que trastornásemos toda la tierra y buscásemos de comer, que ya viamos en qué estado estaba todo el real; y en aquella sazon estaba delante de Cortés, cuando nos lo mandaba, Pedro de Ircio, que hablaba mucho, y dijo que le suplicaba que le enviase por nuestro capitan, y le dijo Cortés:

—«Id en buen hora.»

Y como aquello yo entendí, y sabia que Pedro de Ircio no podia andar á pié, y nos habia de estorbar ántes que ayudar, secretamente dije á Cortés, y al capitan Sandoval que no fuese Pedro de Ircio, que no podia andar por los lodos y ciénagas con nosotros, porque era paticorto y no era para ello, sino para mucho hablar, y que no era para ir á entradas; que se pararia ó sentaria en el camino de rato en rato.

Y luego mandó Cortés que se quedase, y fuimos cinco soldados con dos guias por unos rios bien hondos, y despues de pasados los rios, dimos en unas ciénagas, y luego en unas estancias, donde estaba recogida toda la mayor parte de gente de aquel pueblo, y hallamos cuatro casas llenas de maíz y muchos frisoles y sobre treinta gallinas, y melones de la tierra, que se dicen en estas tierras ayotes, y apañamos cuatro indios y tres mujeres, y tuvimos buena Pascua, y esa noche llegaron á aquellas estancias sobre mil mejicanos que mandó Cortés que fuesen tras nosotros y nos siguiesen porque tuviesen de comer; y todos muy alegres cargamos á los mejicanos todo el maíz que pudieron llevar, y que Cortés lo repartiese, y tambien le enviamos veinte gallinas para Cortés y Sandoval, y los indios y las indias, y quedamos guardando dos casas de maíz, no las quemasen ó llevasen de noche los naturales del pueblo; y luego otro dia pasamos más adelante con otras guias, y topamos otras estancias, y habia maíz y gallinas, y otras cosas de legumbres, y luego hice tinta, y en un cuero de atambor escribí á Cortés que enviase muchos indios, porque habia hallado otras estancias con maíz; y como le envié las indias y los indios y lo por mí dicho, y lo supieron en todo el real, otro dia vinieron sobre treinta soldados y más de quinientos indios, y todos llevaron recaudo, y desta manera, gracias á Dios, se proveyó el real; y estuvimos en aquel pueblo cinco dias, y ya he dicho que se dice Taica.

Dejemos desto, y quiero decir que, como hicimos esta puente, y en todos los caminos hicimos las grandes puentes, y despues que aquellas tierras y provincias estuvieron de paz, los españoles que por aquellos caminos estaban y pasaban, y hallaban algunas de las puentes sin se haber deshecho al cabo de muchos años, y los grandes árboles que en ellas poniamos, se admiran dello, y suelen decir agora: «Aquí son las puentes de Cortés;» como si dijesen, las columnas de Hércules.

Dejémonos de estas memorias, pues no hacen á nuestro caso, y digamos cómo fuimos por nuestro camino á otro pueblo que se dice Tania, y estuvimos en llegar á él dos dias, y hallámosle despoblado y buscamos de comer, y hallamos maíz é otras legumbres, mas no muy abastado; y fuimos por los rededores dél á buscar camino, y no le hallábamos, sino todos rios y arroyos, y las guias que habiamos traido del pueblo que dejamos atrás se huyeron una noche á ciertos soldados que las guardaban, que eran de los recien venidos de Castilla, que pareció ser se durmieron; y de que Cortés lo supo, quiso castigar á los soldados por ello, y por ruegos los dejó, y entónces envió á buscar guias y camino, y era por demas hallarlo por tierra enjuta, porque todo el pueblo estaba cercado de rios y arroyos, y no se podian tomar ningunos indios ni indias; y demas desto, llovia á la contina, y no nos podiamos valer de tanta agua, y Cortés y todos nosotros estaban espantados y penosos de no saber ni hallar camino por donde ir, y entónces muy enojado dijo Cortés á Pedro de Ircio y á otros capitanes, que eran los de Méjico:

—«Agora querria yo que hubiese quien dijese que queria ir á buscar guias ó camino, y no dejallo todo á los vecinos de Guacacualco.»

Y Pedro de Ircio, como oyó aquellas palabras, se apercibió con seis soldados, sus conocidos y amigos, y fué por una parte, y un Francisco Marmolejo, que era persona de calidad, con otros seis soldados, por otra parte, y un Santa Cruz, burgalés, regidor que fué de Méjico, fué por otra con otros soldados, y anduvieron todos tres dias, y puesto que fueron á una parte y á otra, no hallaron camino ni guias, sino todo agua y arroyos y rios, y cuando hubieron venido sin recaudo ninguno, queria reventar Cortés de enojo, y dijo al Sandoval que me dijese á mí el gran trabajo en que estábamos, y que me rogase de su parte que fuese á buscar guias y camino; y esto lo dijo con palabras amorosas y á manera de ruegos, por causa que supo cierto que yo estaba malo, como dicho tengo, que aún tenia calenturas; y aun me habian apercibido ántes que á Sandoval, me hallase para ir con Francisco Marmolejo, que era mi amigo, y dije que no podia ir por estar malo y cansado, que siempre me daban á mí el trabajo, y que enviasen á otro.

Y luego vino Sandoval otra vez á mi rancho, y me dijo por ruegos que fuese con otros dos compañeros, los que yo escojiese, porque decia Cortés que, despues de Dios, en mí tenia confianza que traeria recaudo; y puesto que yo estaba malo, no le pude perder vergüenza, y demandé que fuese conmigo un Hernando de Aguilar y un Hinojosa, hombres que sabia que eran de sufrir trabajo; y salimos, y fuimos por unos arroyos abajo, y fuera de los arroyos, en el monte habia unas señales de ramas cortadas, y seguimos aquel rastro más de una legua, y luego salimos del arroyo, y dimos en unos ranchos pequeños, despoblados de aquel dia, y seguimos el mismo rastro, y desde léjos en una cuesta vimos unos maizales y una casa, y sentimos gente en ella; y como era ya puesta del sol, estuvimos en el monte hasta buen rato de la noche, que nos pareció que debian de dormir los moradores de aquellas milpas, y muy callando dimos presto en la casa y prendimos tres indios y dos mujeres mozas y hermosas para ser indias, y una vieja, y tenian dos gallinas y un poco de maíz y trujimos el maíz y gallinas con los indios é indias, y muy alegres volvimos al real; y cuando Sandoval lo supo, que fué el primero que estaba aguardando en el camino sobre tarde, de gozo no podia caber, y fuimos delante de Cortés, que lo tuvo en más que si le dieran otra buena cosa.