Pues en otras provincias á esta cuenta muchos más serian; y tenian otras maldades de sacrificios, y por ser de tantas maneras, no las acabaré de escribir todas por extenso: mas las que yo vi y entendí porné aquí por memoria.
Tenian por costumbre que sacrificaban las frentes y las orejas, lenguas y labios, los pechos, brazos y molledos, y las piernas; y en algunas provincias eran retajados, y tenian pedernales de navajas, con que se retajaban.
Pues los adoratorios, que son cues, que así los llaman entre ellos, eran tantos, que los doy á la maldicion, y me parece que eran casi que al modo como tenemos en Castilla y en cada ciudad nuestras santas iglesias y parroquias, y ermitas y humilladeros, así tenian en esta tierra de la Nueva-España sus casas de ídolos llenas de demonios y diabólicas figuras, y demas destos cues, tenian cada indio é india dos altares, el uno junto adonde dormian, y el otro á la puerta de su casa, y en ellos muchas arquillas de maderas, y otros que llaman petacas, llenos de ídolos, unos chicos y otros grandes, y piedrezuelas y pedernales, y librillos de un papel de cortezas de árbol, que llaman amatl, y en ellos hechos sus señales del tiempo y de cosas pasadas.
Y demas desto, eran los más dellos sométicos, en especial los que vivian en las costas y tierra caliente, en tanta manera, que andaban vestidos en hábito de mujeres muchachos á ganar en aquel diabólico y abominable oficio.
Pues comer carne humana, así como nosotros traemos vaca de las carnicerías; y tenian en todos los pueblos, de madera gruesa hechas á manera de casas, como jaulas, y en ellas metian á engordar muchos indios é indias y muchachos, y en estando gordos los sacrificaban y comian; y demas desto, las guerras que se daban unas provincias y pueblos á otros, y los que cautivaban y prendian los sacrificaban y comian.
Pues tener excesos carnales hijos con madres, y hermanos con hermanas, y tios con sobrinas, halláronse muchos que tenian este vicio desta torpedad.
Pues de borrachos, no lo sé decir, tantas suciedades que entre ellos pasaban; sola una quiero aquí poner, que hallamos en la provincia de Pánuco, que se embudaban por el sieso con unos cañutos, y se henchian los vientres de vino de lo que entre ellos se hacia, como cuando entre nosotros se echa una melecina; torpedad jamás oida.
Pues tener mujeres, cuantas querian; tenian otros muchos vicios y maldades; y todas estas cosas por mí recontadas, quiso nuestro Señor Jesucristo que con santa ayuda, que nosotros los verdaderos conquistadores que escapamos de las guerras y batallas y peligros de muerte, ya otras veces por mí dicho, se lo quitamos, y les pusimos en buena policía de vivir y les íbamos enseñando la santa doctrina.
Verdad es que despues desde á dos años pasados, y que todas las más tierras teniamos de paz, y con la policía y manera de vivir que he dicho, vinieron á la Nueva-España unos buenos religiosos franciscos, que dieron muy buen ejemplo y doctrina, y desde ahí á otros tres ó cuatro años vinieron otros buenos religiosos de señor Santo Domingo, que se lo han quitado muy de raíz, y han hecho mucho fruto en la santa doctrina y cristiandad de los naturales.
Mas, si bien se quiere notar, despues de Dios, á nosotros los verdaderos conquistadores que los descubrimos y conquistamos, y desde el principio les quitamos sus ídolos y les dimos á entender la santa doctrina, se nos debe el premio y galardon de todo ello, primero que á otras personas, aunque sean religiosos; demas que religiosos llevamos con nosotros de la Merced; porque cuando el principio es bueno, el medio y el cabo todo es digno de loor; lo cual pueden ver los curiosos letores de la policía y cristiandad y justicia que les mostramos en la Nueva-España.