Muy pronto veríais establecida una valla insuperable entre vosotros y vuestros soberbios amos. No habría ya para vosotros cargos, ni empleos, ni participación alguna en el gobierno y administración de los pueblos. Formaríais luego un estado civil aparte, envilecidos como parias, explotados como miserables colonos, reducidos á la condición de braceros, y aun de bestias ó de máquinas; alimentados con un puñado de arroz ó de maíz, que os echaría al rostro vuestro señor como ración diaria para no verse privado del producto de vuestros sudores, regalado él como príncipe con los frutos y tesoros de una hacienda que vuestra es y no suya. ¡Ah, no es esto todo y lo peor, sino que veríais pronto en ruinas vuestros templos ó convertidos en capillas protestantes, donde no tiene trono ¡oh dolor! el Dios de la Eucaristía, ni peana la imagen de la Virgen María, nuestra dulcísima Madre!

Desaparecería la cruz de vuestros cementerios, el Crucifijo de vuestras escuelas, los ministros del verdadero Dios, que os hicieron cristianos en el bautismo, que tantas veces os absolvieron de vuestros pecados, que os unieron en santo matrimonio, que os habían de administrar, consolar y asistir en vuestra última hora, y aplicar después de muertos los sufragios de la Santa Iglesia. Vosotros, tal vez con heroica fe y valor, seguiríais dentro de vuestros corazones siendo católicos como antes: ¡quién sabe! ¿Pero qué sería de los pedazos de vuestras entrañas, vuestros tiernecitos hijos sobre todo, después que les faltasen sus padres, entre una nación protestante, legislación, culto, enseñanza y costumbres protestantes, y libre exhibición y propaganda de todos los vicios y errores? ¡Ah! ¡que puede que á la vuelta de medio siglo no hubiera ya en todo el país prácticas ni creencias algunas cristianas, ni quien hiciese sobre su frente la salvadora señal de la cruz! ¡Pobres filipinos, desgraciados en esta vida y desgraciados en la eterna!

Por fortuna, querido pueblo filipino, al estampido del cañón enemigo y á los gritos de alerta y de alarma de sus gobernantes, has conocido todo el peligro que corres. Como un solo hombre te preparas á la defensa, y como un solo corazón levantas al Cielo tus ardientes preces. Este, este es ciertamente, el único recurso de salvación. A las armas y á la oración, todos á una. A las armas, porque el pueblo español, aunque extenuado, cuando es herido en su patriotismo y defiende su religión, es capaz de las mayores hazañas. A la oración, porque la victoria es siempre Dios quien la da, aun á los esforzados y á los que tienen en su favor la justicia. Ni sólo la oración, ni sólo la lucha; el esfuerzo militar y la virtud de Dios juntamente; Dios y sus ángeles y sus santos con nosotros: que si así es, ¿quién contra nosotros?

Mas á fin de que la oración se haga más general, más concorde y más eficaz, nos ha parecido inspiración de lo alto el pensamiento de consagrar todo el archipiélago filipino al Sagrado Corazón de Jesús, y ofrecerle para cuando nos veamos libres de las actuales angustias unos cultos excepcionalmente devotos y lucidos el día en que celebra la Iglesia aquella festividad, viernes inmediato á la octava del Corpus, ú otro si tal vez esto no fuese posible ó se creyera más oportuno.

En ello, y aparte de la privada consagración que de estas islas hicimos ya el primer viernes de este mes al ofrecer á Dios en la santa Misa el Sagrado Cuerpo de Jesucristo, obramos no tan sólo en nombre propio y de los demás Prelados diocesanos, sino también en el del Excmo. Sr. Gobernador general, quien no menos ferviente cristiano que prudente patricio y esforzado Jefe militar, de Dios espera y á Dios desde ahora ofrece el triunfo por mediación del Corazón deífico; y asimismo, interpretando los deseos de toda la masa de la población de estas islas, que en todas partes le es tan devota é invocando la intercesión de todos los santos Patronos de ellas, y principalmente de la Soberana Reina de todos, la Virgen Santísima del Rosario.

En la arraigada esperanza de solemnizar muy pronto esta consagración, ofrecimiento por ahora privado, os damos á todos, amados hijos, nuestra bendición en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Manila 8 de Mayo de 1898.==Fray Bernardino, Arzobispo.


DOCUMENTO NÚM. 5

Primera[2] comunicación del Sr. Arzobispo de Manila al Gobernador general de Filipinas, denunciándole los peligros de la Masonería (13 de Marzo de 1895).