Voy á reproducir parte de una carta escrita por una distinguida dama mexicana, en la que se reflejan los sentimientos de sus compatriotas más inteligentes. Hablando de las ejecuciones de Guatemala, dice:

“Ahora, por estar los ánimos tan indignados contra el Presidente de Guatemala y que se compadece tan hondamente á los cuatro valientes que murieron asesinados de una manera tan vil, viene á mi mente, por la analogía que encuentro en ello, el famoso 25 de Junio, de Veracruz, y me pregunto si en México, en aquel entonces, el ejecutor de esa infamia no inspiró la repulsión que ahora inspira Estrada Cabrera; y también me digo, que para este último podría caber la disculpa de la influencia poderosa del ejemplo, que al tratar de tomar de modelo á nuestro cínico autócrata, se deslumbró por el éxito asombroso de los crímenes de éste y pensaría que, al cabo de algunos años, como ha pasado aquí, tendría todos los honores, todo el incienso de una divinidad terrestre, y que imponiéndose por el terror, llegaría, como su vecino, á la apoteosis en vida. Yo insisto que en los males que afligen á Guatemala, tiene su parte de culpa el déspota nuestro.”

En el primer período de Porfirio Díaz, (1876-1880) reinaban en México la intranquilidad y el desafecto. Díaz no había cumplido sus tan pregonadas promesas del plan de Tuxtepec, y, en el fondo, las cosas estaban poniéndose peor de lo que se encontraban antaño. El caso equivalía á saltar de la sartén para caer en el fuego.

El resultado fué una conspiración para derrocar á Díaz y traer la “Restauración” del poder lerdista. Los principales caudillos de esa conspiración fueron el General Escobedo, el General Bonifacio Topete, los Coroneles Lorenzo Fernández, Carlos Fuero, José B. Cueto, y algunos otros jefes.[36]

Esos caudillos conspiraron con poca habilidad y mal éxito.

En los comienzos el gobierno usó de cierta lenidad para con los conspiradores; pero llegó un momento en que creyó necesario castigar y aterrorizar á sus enemigos.

La policía, en virtud de la denuncia que hizo uno de los conspiradores, cateó la casa de Don Felipe Robleda, y encontró, bajo una alfombra, los documentos relativos á la conspiración y la lista de los comprometidos en ella. El General Díaz envió la lista de los conspiradores al Gobernador de Veracruz, Luis Mier y Terán, ordenándole que aprehendiese á los comprendidos en ella. Terán aprehendió á los que estaban á mano, y telegrafió al Presidente anunciándoselo. Porfirio Díaz le contestó de un modo lacónico: “FUSÍLALOS EN CALIENTE”.

En ese telegrama no se ordenaba un juicio previo, ni siquiera una investigación para establecer la culpabilidad; sino que se daba sencillamente la orden de matar en el acto.

Nueve individuos fueron fusilados, á saber: Jaime Rodríguez, el Dr. Ramón Albert Hernández, Antonio P. Ituarte, Francisco Cueto, Luis Alva, Lorenzo Portilla, Vicente Capmany, J. A. Rubalcaba, y Juan Caro.

En el “Juan Panadero”, periódico de Guadalajara, de fecha 13 de Julio de 1879, encuentro un artículo que, á semejanza de nuestros periódicos amarillos, trae los siguientes títulos: