—Nada. Estoy muy bien.

Y los párpados volvieron a recaerle sobre los ojos. La alegría de Muñoz desapareció, sustituida por una idea espantosa.

—¡Adriana ha muerto!

Julio movió negativamente la cabeza, y su mano, alzándose como la de un enfermo, tomó la de Muñoz.

—No puedo explicarte nada. No hay nada que explicar. Vengo de allá. Si quieres hacerme un gran bien, ahora, déjame solo. La parte de la tierra, tal vez, te corresponda a ti.

Muñoz no pudo sacarle más una palabra. Y se retiró intrigado por aquella última frase. En la calle tiró los fragmentos del retrato de Adriana. Pero al punto, desandando el trecho andado, volvió a recogerlos.

Durante largo rato todavía quedó Julio abatido por la gravedad de la imprevista catástrofe. Francisco, su sirviente, se había acercado varias veces, de puntillas, sin valor para llamarle.

Julio al fin se levantó, echó sobre Francisco una mirada vaga y entrando al escritorio lo alumbró. Vio el marco vacío y comprendió que Muñoz había robado el retrato. No atribuyó a esto mayor importancia. Apenas si podía comenzar a recoger sus energías para considerar el doloroso suceso que había caído como un rayo sobre la plenitud de su dicha. Todo aun eran imágenes que rápidamente pasaban y volvían a pasar en su cavilación: así la silueta de Adriana huyendo con el pañuelo sobre los ojos, inútilmente llamada por los alarmados gritos de Zoraida, o la cara consternada de Carmen cuando les refirió lo sucedido con la lectura del diario.

Arrancándose a la impresión que pesaba sobre él como un manto de plomo, pudo ponerse, poco a poco, al análisis de la situación, a ese extraño análisis que suele desprenderse del espíritu formando como un espíritu nuevo, fríamente lúcido y despojado de todo lo que al otro apasiona y conturba. Asoció las circunstancias del caso, y meditando sobre cada uno de sus aspectos, contempló las cosas como si se tratara de un drama ajeno. ¿Qué sucedería ahora? ¿Qué actitud tomaría Adriana ante él y con relación a la pobre Laura? ¿Y cuál sería su propia actitud?

Se formuló por orden estas preguntas, para derivar consecuencias lógicas. Pronto empezaron a brillar las terribles respuestas. Era evidente, desde luego, que su amor por Adriana había cambiado de sentido y de realidad. El viento de la triste tragedia se llevaba consigo la atmósfera de ensueño que les envolviera durante aquellos últimos meses. Desvanecido el encanto, tanto Adriana como él rehuirían seguramente la ocasión de encontrarse y la posibilidad de cualquier mezquina transigencia, y esto a causa de la tendencia angélica que habían tomado sus sentimientos en las alturas ideales. Más valdría, sin duda, que ningún azar volviese a juntarlos nunca: a la desesperación de no poder mirarse ya con los mismos ojos ni sentirse con la misma alma, era preferible la larga pesadumbre de una separación definitiva. El idealismo ardiente que los había unido, alzaba ahora entre ellos una muralla de desolación.